Podríamos hablar de amistad. De risas. De mosquitos. De aventuras… De más mosquitos. Y sus picadas, obviamente. De verano.

Cuatro chicas y un chico. Un coche cargado hasta los topes. Una siesta en el murmullo del motor. Un mapa mudo. Caminos y caminos.

Finalmente llegamos al parking, una explanada de polvo. De allí, ya a pie, iniciamos el camino hacia Cala Estreta, que pasa en breve de carretera de tierra a camino de ronda, un camino estrecho de montaña que bordea prácticamente toda la Costa Brava serpenteando entre pinos y rocas, pasando por playas y acantilados. “Dues coses hi ha que el mirar-les juntes me fa el cor més gran: la verdor dels pins, la blavor del mar” (“Hay dos cosas que mirarlas juntas me hace el corazón más grande: el verdor de los pinos, el azul del mar”) [Joan Maragall].  De bajada ya hacia la cala. El cansancio avanza sobre la arena de una playa a otra hasta Cala Estreta. Una playa estrecha, agua transparente, rocas y cielo.

Empiezan los dos días bajo el cielo. Baño en la oscuridad y cena. Las constelaciones: la última imagen de un día agotador que promete un fin de semana diferente. El rumor del mar. La compañía inquietante de bandadas de mosquitos hambrientos. Muy inquietante. Dormir entre arena y estrellas. Dormir, algunos. Otros, descansar, no muy convencidos de la opción de pasar la noche al raso, atentos a cualquier ruido, esquivando aguijones silenciosos. Dudas que desaparecen con los primeros rayos del sol entre las rocas. Sol rojo, mar bravo. Silencio… ¿Cómo se oye el silencio?

 

El amanecer en la playa es probablemente el momento más mágico. Sin prisas, deja que los rayos desnuden las orillas y descubran, poco a poco, su belleza cambiante a la luz. A primera hora despierta también la comunidad del mar. Una mujer desnuda sobre las rocas dedicando una danza al sol. Un pescador misterioso que ofrece café en una antigua pesquera con una cafetera oxidada, “así sabe mucho mejor, dicen los italianos”. Una pesquera que es un santuario al saber vivir. Dos chicas que hacen reverencias al astro rey. Un hombre muy moreno de voz muy grave que construye tótems en la arena y duerme con sus dos hijos rubios bajo un pareo atado a cuatro palos. “Espera, me llevaré este globo que a Selena le gustará verlo al despertarse”. Grupos de jóvenes recién arrancados de sus sacos de dormir con el sueño aún en los ojos.

Un día perfecto para caminar. Caminar entre arena, rocas, mar, camino y pinos. La Costa Brava. Una sorpresa tras cada recodo. Como caracoles con la casa a cuestas parando a cada poco. ¿Alguien tiene prisa? Una siesta a medio camino. Un sorbo de agua. Racionalizada. Conversaciones que nacen y mueren. Silencios. Bromas. Sudor. Sol y Sombra. Festival de Cap Roig en un campo vacío de ganado.

Calella de Palafrugell. Cinco vagabundos en una pequeña playa abarrotada de veraneantes VIP. Pero el mar es el mismo. Frío, transparente. Tarde de camino por el cabo de Cap Roig. Subir, bajar polvo y pinos. ¿Y el mar? Abajo… Muy abajo.

Vuelta a casa en Cala Estreta. Con vecinos esta vez. Cena de velas y sombras chinas. Y tienda de campaña. Cual sardinas en latas con el mar abierto delante. Noche incómoda de mosquitos, calor y poco espacio. El rugido del mar despertando en sobresaltos. ¿Y si despertamos arrastrados por una ola? ¿Podremos salir de la tienda? Dormir con los primeros rayos del sol hasta… ¡Policía! En un abrir y cerrar de ojos no hay tienda. Falsa alarma. ¿Quién se pone a las seis de la mañana a gritar desde una roca moviendo los brazos? Incluso la guardia costera cree que hay un ahogo en las Islas Formigues. Surrealista.

Día de playa, playa. Sola, arena, agua. Arena, agua y sol. Calor en la arena. Frío en el agua. Vuelta, despacito, al coche. Comida de restos en Calonge. Vagabundos ya en estado puro. Un café y un helado. Calor. Viento. Vuelta a casa cantando. Y con un trocito de cielo en las mochilas.