Moritz 10 + / 10 – con Xavi Camos

Dick FosburyMéxico. Juegos Olímpicos de 1968. Competición de atletismo. Salto de altura.

Richard Douglas Fosbury se prepara para salir. Mueve las piernas. Se calienta las manos echando el aliento sobre ellas. Se humedece los labios. Pequeños movimientos inconscientes en una mente absolutamente concentrada. Aprieta los puños. Corre. Acelera. Se acerca al listón transversalmente. Se da la vuelta en un impulso y salta arqueando la espalda.

Dick Fosbury fue el primer atleta en participar en una competición de salto de altura haciéndolo de espalda. Y consiguió la medalla de oro y un récord en su disciplina en ese momento: 2,24 metros de altura.

La nueva modalidad al saltar permitía que el atleta ganara altura ya que quedaba menos espacio entre el centro de gravedad del saltador y el listón. A pesar de las ventajas de este simple cambio de postura, durante años, todos los atletas habían entrenado y competido saltando de frente.

Fosbury arriesgó. Se jugó el todo o nada en una competición olímpica. Grandes logros, grandes riesgos. Medalla de oro a lo que podía haber sido una descalificación. Olímpica.

Fosbury creyó en su descubrimiento. Estaba convencido de que esa era la mejor manera de saltar. Una convicción que desafió los convencionalismos, las reglas y las fórmulas del éxito en salto de altura que le precedían. Se pueden romper las normas, si se hace con creatividad y obteniendo con ello algo mejor.

En un ejercicio algo surrealista, traslademos a Fosbury a la Barcelona de 2012 y transformémoslo en una cerveza. ¿Qué marca sería?

 Moritz sabe quién es. Empezó en 1856, y con la apertura de sus instalaciones en Ronda de Sant Antoni ocho años más tarde, se convirtió en la primera gran fábrica cervecera de Barcelona. Tradición. Historia. Un valor que Moritz luce como estandarte. Con la suerte de coincidir en el tiempo de su relanzamiento con el reinado Vintage, la mano de Midas que convierte la historia en modernidad. Una simbiosis que se adapta también como un guante a la ciudad de la que es hija y a la que se siente histórica y emocionalmente vinculada, Barcelona.

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 Moritz se posiciona como la cerveza de Barcelona. Y lo dice. Y lo etiqueta. Y no podrá seguramente vender en el resto de España a priori, también. Es de Barcelona y por eso habla y escribe en catalán. Sin complejos. Defiende su lengua y su cultura porque cree  en ellas. Y como Fosbury, lo hace desde la creatividad. Beure una cervesa catalana és beure una cervesa europea. Con este lema, Moritz defendió el derecho de utilizar el catalán en las etiquetas de sus productos cuando el Parlamento Europeo tenía previsto aprobar un nuevo reglamento sobre el sector alimentario: los productos sólo podrían llevar etiquetaje en alguna de las lenguas oficiales de la Unión. Por ello Moritz se desplazó hasta Bruselas y ofreció a todos los parlamentarios una botella de su cerveza (etiquetada como siempre en catalán). No deja de ser una estrategia, ciertamente, pero es coherente y expresa una postura alineada en todas sus acciones.

¿Arriesgado? Sí, renuncia a priori a una buena parte de lo que podría ser su cuota de mercado. ¿Auténtico? Sí. ¿Exitoso? De momento comparte cuota de mercado con Estrella Damm.

La identidad de marca se desprende también en su modo de comunicar. ¿Decir qué bueno soy para que vengas? No. Ven y pruébalo. Tú decides. Cambia publicidad por clipping. Vallas y carteles  por acciones en su fábrica. Patrocinios por generación de experiencias. No se dirige a un público masivo, sino a un perfil determinado que tiene mucho que ver con su propia esencia de tradición, modernidad y cultura. Se dirige a los BoBo’s, burgueses bohemios, jóvenes urbanitas, cosmopolitas, “culturetas”, crecidos en la sociedad de la tecnología y con valores hippies adaptados a una vida acomodada.

moritz eventoBoBo’s beben Moritz porque ven reflejada en ella los valores que sienten como propios. Por eso, aunque puedan ir a festivales de música masivos de verano o a finales de fútbol, no son estos los lugares que los definen. Sí lo son los museos, exposiciones, restaurantes de moda, centros gastronómicos, festivales de cine. Eso es lo que Moritz les ofrecerá, no con un cartel enorme de la marca en la pared, si no mediante un patrocinio capitalizado, una experiencia única y adecuada a sus gustos y aficiones de la que Moritz  formará una parte.

Moritz ha creído, arriesgado, y cambiado las reglas. ¿Fosbury en cerveza?

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