Una mujer embarazada pasa prácticamente nueve meses soñando con el momento de dar a luz. ¿Cómo ocurrirá? ¿Qué carita tendrá mi bebé? ¡No puedo esperar más a tenerlo en brazos y besarle! Entonces llega el momento. Y entonces tu vida da un giro de 360 grados

Pero eso es otra historia, espero que otro post si mi pequeña ranita (así se le ha quedado el nombre) me da una tregua. Esta es la historia de las 12 horas entre que Bru anunció su llegada y llegó.

Sensaciones de un parto desde dentro

Mi marido, mi amiga María o la comadrona, podrían sin dudar explicar su versión del parto. La tercera, por supuesto, introduciría datos técnicos de gran ayuda para comprender el desarrollo del proceso. Pero las líneas que siguen son, básicamente, la explicación de un parto desde dentro.

Un parto que empezó con un sobresalto a las 3:30 de la mañana del día 30 de noviembre sobre un pequeño charco en las sábanas. “Cariño, he roto aguas”. Igualito que en las películas. “Cariño” se queda en blanco unos instantes y corre a buscar el coche. Quince minutos sola en casa. Temblor, emoción, atolondramiento, llamadas, últimos preparativos de la canastilla. Llegó el coche. Se subió también María y llegamos al hospital.

Box 3 de Urgencias. “No tienes apenas contracciones, tendremos que provocar el parto”, “¿Qué grupo sanguíneo eres?”, “Pondremos prostaglandina y en 12 horas podrías ponerte tu sola de parto, sino, oxitocina”. No hizo falta. La prostaglandina aceleró el trabajo y de cero pasé a contracciones de un minuto a cada minuto durante dos horas. Vientre apoyado sobre la camilla y dolor. Los enfermeros comían bocadillos y reían en la sala de al lado. “Bien, esto se ha disparado, retiramos prostaglandina y subimos a la habitación”.

Música, Tierra y Agua

Las contracciones eran ya bastante dolorosas. Cada una llegaba como una nota musical en un pentagrama sin orden. Yo solo tenía que “cantarla”, afinando su tono, su intensidad, su tempo y su volumen. Agudos, graves. Clave de sol, clave de fa. Sostenidos y bemoles. Cantaba la voz y cantaba todo el cuerpo en un balanceo suave que acompañaba la melodía. El reloj, Roger y María… Todo desapareció para dejarme a solas con la partitura de una nueva vida que quería salir y que solo yo podía interpretar.

Se desvaneció también la habitación y la camilla, incluso el hospital, y las plantas de mis pies se agarraron con fuerza a la Tierra, entendida así, con mayúsculas, atraídas por una poderosa fuerza. De mis dedos parecían salir raíces, bajo las plantas, arcilla húmeda. Sola en la Tierra, sola y segura, confiada.

Música, Tierra y también tormenta. La ducha de la habitación se convirtió en un monzón tropical. Sonido arrullador, confortable calor… Afianzada en la Tierra, acompañada por el agua, las notas que se perdían entre sus gotas.

La cabeza vacía, abandonada a un ritual ancestral desconocido por la razón que solo el instinto conoce. Completamente abandonada.

… “No voy a poder…” “Venga, estás ayudando a Bru a nacer”… Bru…. Bru, mi amor… Bru, podemos…

Un silencio en la selva. Sigue el aguacero, pasa el tiempo… Silencio amenazador que precede al estallido hasta que un rayo atraviesa el cuerpo y un trueno sale del estómago en una nota sostenida que no acaba nunca.

“Quiero empujar” “Aguanta” “No puedo aguantarlo”. Llamadas, camillas… La ducha gotea. Sigo bajo las últimas gotas de lluvia como un animal exhausto. Roger llega. Camisón, ascensor, sala de partos. “Bueno, esto ya está. Solo tienes que empujar”.

Solo, solamente… Pujos poco efectivos hasta que el cuerpo entiende dónde hay que concentrar la energía, y cuando lo hace, un dolor recorre todos los huesos. Aparecen los ojos brillantes de Roger: “El Bru ja està aquí!”. Ahora sí. En un gesto que en ese momento parece suicida, el vientre se abre paso con una fuerza sorda que consigue atravesar los estratos del planeta.

Y se abrió la Tierra

Y entonces, en ese momento, se abrió la Tierra. Se partió en dos, y de su interior salió vida. Una vida pequeña, morada y encogida.

Y Bru llegó a mi pecho desnudo.

Y con esta frase debiera bastar para comprender cual ha sido el momento más feliz de una vida. Cuando pasa el trance, la Tierra, la Música y el Agua se desvanecen y apareces en una camilla de un hospital con tu hijo abrazado a tu cuerpo. Humedad, calor y sobre todo Vida.

Una personita cuyo rostro ves por primera vez y sin embargo, sabes que lo conoces desde siempre.

Solo me queda agradecer a todas las personas que han hecho posible este día inolvidable y con quien he tenido la suerte de compartirlo, especialmente a Roger, mi marido, por su cariño reconfortante, a mi amiga María, por su seguridad y su confianza y a las comadronas del Hospital Sant Joan de Déu. A todos ellos, muchas gracias de corazón… Y ahora, ¡A seguir con la aventura!

Cinco minutos de vida