Y naciste. Y empezó diciembre, el décimo mes de embarazo, ese del que nadie te habla y para el que no sirve preparación alguna. Tan desconocido, tan delicioso, tan desconcertante.

Un mes que empieza con un corte definitivo en el cordón umbilical que lejos de poner fin a nuestra unión da inicio a una nueva etapa en la que sigues creciendo junto a mí. Solo que ya no lo haces en mi útero sino que transcurre entre mis brazos.

Un periodo de adaptación donde aprendemos a ser dos cuando aún nos sentimos uno. Donde la alegría, la tristeza, la intranquilidad y la confianza fluyen en ambas direcciones, de ti a mí y viceversa. Donde los conceptos “tu” y “yo” se funden y confunden en un delicado baile de sensaciones.

Ajenos a la Navidad y las fiestas, los últimos 31 días del año han transcurrido tan solo en los latidos de tu corazón, que se acoplan a los míos cuando te acurrucas en mi pecho. 31 días sin reloj, de piel con piel, de dormir y no dormir, de bata y pijama.

Días con olor a sábanas y a leche. Más mamíferos que humanos, cobijados dentro de lo que se ha convertido en nuestra madriguera, cuidados y protegidos por papá. Viendo pasar días y noches sin orden, entre el sofá y la cama, los pañales y tus llantos… También entre sonrisas, también entre lágrimas.

Tan solos y tan acompañados. Donde tu has crecido y yo me he hecho pequeña para encontrar consejo y apoyo en mi mamá.

Un mes que visto ahora, pequeño, ha pasado rápido y lento a la vez, pero que sin duda  siempre recordaremos como el mes en que tu empezaste a descubrir qué es vivir en el mundo y yo, qué significa ser madre.

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