Son las 6:45. Suena el despertador y pone en marcha la rutina cronometrada de las mañanas, algo olvidada tras meses en desuso. Ducha, café, vestirse y arreglarse. Me acerco a la cuna de puntillas. Duermes a pierna suelta. “Que tengas muy buen día mi amor. Mamá hoy vuelve al trabajo”.

Salgo por la puerta y se reactiva el circuito del día a día con total naturalidad, en el mismo punto donde lo dejé hace una eternidad, o eso es lo que me parece. Las mismas personas en el ferrocarril, las prisas y caras largas en el pasillo del metro. Gente que va justa de tiempo, gente que llega tarde. Gente que se aisla entre dos auriculares o huye de esta mañana a través de la pequeña pantalla de su smartphone.

Me detengo enmedio del círculo subterráneo de plaza Cataluña con la extraña sensación de que nada ha cambiado, de que estos meses pasados han sido solo un sueño, que la vida real se centrifuga entorno a este epicentro en el que acabo de determe. Con la extraña sensación de que acabo de despertar y de que ya no soy mamá.

Cuatro paradas de metro y un puñado de calles más arriba, aún duermes plácidamente. En un ratito papá se irá y llegará la persona que ha de hacer de mí en los siguientes meses, la substituta: la nanny. Y empezarás a tener mamá solo a media jornada.

Ya ha pasado un mes desde ese día, pequeño, desde el día en el que salimos de nuestra preciosa burbuja. ¿Demasiado temprano? Indiscutiblemente sí. Mamá está la mayor parte del día en una oficina a nueve kilómetros de ti, y ningún niño ni niña de tu edad deberían estar separados de sus madres a esta edad.

Pero el tiempo ha avanzado en nuestro favor, y con el paso de los días, el dolor físico de nuestra separación ha ido diluyéndose en una suave normalidad, permaneciendo, eso sí, como una espinita permanente que me habla de ti. Ajeno a este huracán de sensaciones, tú has seguido creciendo, y tus días pasan plácidos: ríes, y juegas, y hablas, ¡y hablas mucho! y disfrutas con la nanny.  Y yo, a nueve kilómetros de distancia, miro de reojo la ventanita abierta en mi smartphone con el sabor agridulce de estarme perdiendo esta temporada tan importante en tu vida.

Porque, como decimos últimamente cuando nos preguntan cómo estamos, estamos viviendo la vida moderna, con sus ventajas, sus inconvenientes y sobre todo, sus contradicciones constantes. Una vida moderna que reclama a las madres en el trabajo para que contraten una substituta de sí mismas que se quede con sus pequeños. Una vida moderna en la que, a pesar de todo, sigo siendo madre. Porque aunque físicamente solo esté contigo a partir de las 5 de la tarde, mi cariño está sin interrupción para ti, las 24 horas del día.

abril

 

Anuncios