La primera vez que viniste a este rincón del mundo, papá y yo acabábamos de saber que existías. No te preocupes si no lo recuerdas, eras aún demasiado chiquitín para atisbar algo a través del ombligo de mamá. Por eso hemos vuelto ahora, de nuevo, los tres, para enseñarte lo que entonces no pudiste ver. Y aunque de lo vivido estos días te cueste encontrar algún recuerdo, aquí tienes, pequeño, este breve relato de nuestro segundo viaje a la ciudad que no se acaba.

Roma Roma nos recibió con los días más calurosos de su aún no estrenado verano. Sí Bru, cuando oigas hablar del ferragosto romano podrás decir que ya lo has vivido. Es cuando el empedrado milenario de la ciudad, los sanpetrinis, respiran con dificultad emitiendo un aliento abrasador y envolvente que se derrama por las calles y acaba penetrando en cada poro de la piel. Esos sanpetrinis que han sido estos días el traqueteo irregular que te ha adormecido en las largas caminatas por calles y callejuelas, avenidas reconocidas y callejones olvidados que hemos paseado juntos.

 

Roma nos ha regalado momentos inolvidables con dos muy queridos amigos, uno de ellos, una romana, como tu mamá, también por adopción. Los cinco nos hemos sumergido en los grandes placeres que brinda esta ciudad: un intenso caffè freddo en el bordillo de la plaza, un enorme helado que concentra exóticos sabores, desgastar las suelas en paseos deambulantes, una pizza deliciosa en un concurrido restaurante y, lo mejor, dos momentos únicos de auténtico aperitivo italiano. Vino bianco y vino rosso. Hablar. Recordar. Pensar. Reír. Jugar contigo. Comer. Beberse lentamente un momento que es un regalo que se pierde y se recrea en minutos que pasan sin pasar. Como tantas cosas aquí. En realidad, como todo en Roma.

 

Porque si algo tiene esta ciudad es un sentido del tiempo propio. Anárquico, caprichoso y absolutamente relativo. Que no avanza ni retrocede. Se queda ahí, donde lo dejaste, y donde lo encontrarás, si vuelves, mañana. Permanente e inmortal. Ajeno a los relojes y calendarios que rigen el resto del mundo, Roma sigue y seguirá siempre con su ritmo propio.

 

Sólo me queda agradecerte, pequeñín, estos días en que te has portado como un campeón. Ha sido un viaje muy especial para tu mamá pero a pesar de todo lo bueno que nos ha dejado, no ha sido un viaje cómodo para ti: ni el avión, ni el calor, ni dejarnos olvidadas en casa las rutinas que dan paz a tu día. Sin embargo, lo hemos hecho, y la recompensa, mi niño, es este recuerdo que algún día estas palabras despertarán en algún rincón inconsciente de tu memoria aún sin tu saberlo y que, es desde este mismo momento, un retazo de nuestra historia contigo.

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