Llega otoño. Indeciso en temperatura, pero puntual en virus y bacterias que se instalan cómodamente en casa. Este mes inauguramos las noches de mocos y tos, noches largas que, como en el poema de Miguel Hernández, tienen olor a cebolla.

Bebé resfriado“La cebolla es escarcha

cerrada y pobre,

escarcha de tus días

y de mis noches”

HERNÁNDEZ, Miguel “Nanas de la cebolla”

De mis noches, de tus noches… De estas noches intermitentes, inquietas y resfriadas que saben a cebolla. Aunque el sentido de estos versos del inolvidable poeta de la Generación del 27 no tenga nada que ver con el de nuestras nanas de la cebolla caseras, comparten, eso sí, este fruto del huerto que perfuma nuestro insomnio. Fe ciega en que, como todo el mundo dice, la cebolla va a ayudarte a respirar mejor, y es que efectivamente, parece el único remedio existente. A causa de ella o no, poco a poco la tos empieza a extinguirse. Dura poco, el tiempo justo para que la última brizna de aroma acabe de ventilarse del último rincón de la casa. Una semana más tarde, el platito con la cebolla vuelve a ocupar su altar al lado de tu cuna.

Y sí, ya estábamos advertidos de los peligros y riesgos de la guardería (aunque como todos, pensábamos que tal vez a ti no te fuera a ocurrir). Avisados de que “ahí lo cogen todo”, “el primer año están más en casa que en la ‘guarde’”, “esto hay que pasarlo”, y pagarlo, pienso para mis adentros. Si el post del mes de septiembre hablaba de ir al cole, un mes más tarde el tema es, prácticamente, dejar de ir. No curamos un virus que empezamos con otro, y así en una sucesión cíclica que amenaza con extenderse hasta el final del calendario escolar.

Y sufrimos por verte así, con el añadido de padres primerizos que aún somos. Cuando te ahogas por la mucosidad, te despiertas llorando, no consigues luego conciliar el sueño… Las tardes sin ganas de jugar, cuando te quedas dormido en brazos, sollozas en la bañera, que siempre ha sido uno de tus lugares preferidos para jugar. Sin ser nada grave, que afortunadamente no lo es. Es cuando falta, precisamente, cuando nos damos cuenta de hasta qué punto es tu sonrisa ya, tan necesaria para dar luz a nuestros días.

Como en una carrera de relevos, nos hemos ido pasando por turnos el testigo, y así, el día que papá no ha estado enfermo, lo ha estado mamá, después “el avi”, la “nonna”, la tieta y el padrí. Ya dicen que amar, es compartir. Tampoco ha permanecido inmune Zaira, nuestra Mary Poppins, a la que con tanta nostalgia decíamos adiós en verano, que ha vuelto a abrir su paraguas y a empacar todo su saber hacer en su enorme bolsa floreada para acudir a tu lado.

Ella sabe dar ese poco de azúcar con el que la píldora pasará mejor. Te hace cantar, bailar y jugar, jugar, jugar… Te hace reír entre moquitos, y dormir, a pesar de ellos.

Un poquito de azúcar, también, el que hemos aprendido a tomar estos días para poder acompañarte con paciencia y cariño cuando el cansancio también nos puede a nosotros. Un poquito de azúcar, finalmente, para este post detrás del que hay fines de semana cerrados en casa, tardes largas de no saber qué te pasa, noches en vela, y muchos, muchos brazos. Con este poquito de azúcar, la píldora pasa mucho, pero mucho mejor.

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