Un buen día, no hace mucho, apareció esta estatua entre dos maceteros sobre el alfeizar de una terraza, en nuestro camino diario de vuelta a casa. Una figura femenina, de caderas voluptuosas, una auténtica alegoría a la mujer, un reflejo, de la cada día más evidente transformación del cuerpo de tu mamá que es hoy por hoy tu hogar. Estar embarazada implica un cambio físico notorio que algunas esconden, otras exhiben, pero que en su profundo significado reivindica el verdadero sentido de lo que es bello.

Porque pequeña, las embarazadas estupendísimas de “solo barriga” deben existir solo en Hollywood y algunos catálogos. El espejo al salir de la ducha no engaña: cara de pan, caderas duplicadas, muslos anchos (que se rozan por la parte superior, ¡qué horror!), generosas posaderas, por no hablar de la expresión de cansancio y los pies y manos hinchados de las últimas semanas de gestación. Y allí la báscula, con su temible pronóstico, cifrando con exactitud lo que es espantosamente obvio: has aumentado de peso más de lo previsto.

El pánico al kilo de más tiene sus orígenes, muy probablemente, en una adolescencia peleada con las tiendas de ropa, las cuales no se interesaban (ni lo hacen ahora) por las chicas de talla grande. Peleada con la moda que no podía seguir, con los chicos para los que pasaba desapercibida. Peleada con una belleza inalcanzable que pasaba por ser delgada y que se replicaba en revistas, programas, series. En modelos y referentes que me recordaban constantemente, que no era hermosa. Y como yo, tantas otras jóvenes de entonces y de ahora acomplejadas por la forma y el tamaño de su cuerpo.

Por eso, con el embarazo de tu hermano no podía evitar, dentro de la plenitud, sentir cierto rechazo incómodo e inconfesable a esta transformación amplificada de mis formas.

Quizás porque desde entonces ha pasado un parto, un postparto y más de un año de mamá, puedo decir que hoy, con un embarazo más voluminoso que el primero, me miro en el espejo y me veo estupenda y bella.maternidad

Bella porque poder acogerte es un destino infinitamente más grande para mi cuerpo que mi propia vanidad, bella porque estas caderas anchas serán tu camino de salida al mundo, bella por ese kilillo de más que al final me garantiza que estamos las dos bien alimentadas y bella, al fin, por esta enorme panza que paseo con orgullo y dentro de la que se está gestando una nueva vida, tu vida.

Quizá un día, tu también serás mamá. Te lo deseo con toda mi alma desde este mismo momento. Espero que puedas disfrutar desde el primer momento de la transformación de tu cuerpo como templo de una vida nueva y que en cualquier caso, no olvides nunca donde reside la verdadera belleza, que no tiene talla.

Todo esto es lo que me recuerda la Venus que ha aparecido en mitad de nuestro camino de vuelta a casa, y es por eso que al pasar delante suyo no puedo evitar una sonrisa y también, un guiño disimulado. De Venus a Venus.

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