Ya lo dicen que quien canta, sus males espanta. Y aquí en casa hemos descubierto que esto de la música, además de ponernos a todos de mejor humor, es una buena medicina para los momentos críticos o de manicomio. Un remedio para calmar los ánimos a los peques cuando están fuera de control, pero sobre todo, una terapia más que efectiva para mamá.

Son las 14:00 de mediodía. Bru apenas ha dormido una hora de siesta y ya está llamándome a gritos. Perdón, a mí no, a papá, y eso va a ser un disgusto más, sumado al malhumor que ya lleva por haber dormido poco. Sol está ahora empezando a coger sueño, pero no voy a tener tiempo de dormirla porque necesita su ratito al pecho o paseando y no quiero dejar al mayor berreando. Si Sol no duerme ahora, en unos minutos estará muy inquieta. Tendrá que esperar, tengo que escoger el mal menor. Eso sin contar con mi esperanza frustrada de hacer una siestita de diez minutos, ilusa de mí. Empezamos bien la tarde, ai Señor. Así que llega el momento de ir a beber un vaso de agua, cerrar los ojos, volver a abrirlos y lanzarse al lío.

Estamos ya sobre el puzle colorido que cubre el suelo del comedor. Uno frotándose los ojos, malhumorado, y lloriqueando porque papá no está aquí y porque tiene sueño, aún con el chupete y el osito colgado del brazo. La otra, tumbada sobre su alfombra, haciendo la croqueta y empezando a protestar porque está cansada y lo que necesita es dormir.

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La solución llega en forma de mochila cargada de instrumentos de percusión. Mamá baja la guitarra y empieza a entonar melodías al más puro estilo Julie Andrews. Sol me mira abstraída, Bru con cierto recelo. Cantamos la canción de las vocales y de Napoleón con cuatro acordes fáciles, y aquí uno empieza ya a bailar. Luego Bru hace sus improvisaciones en las cuerdas antes de dar la vuelta al instrumento y utilizarlo como de verdad le gusta, como tambor. Sacamos, uno a uno, todos los instrumentos de percusión: la pandereta, los platillos, las maracas… A Sol le adjudicamos siempre los cascabeles, porque se le pueden atar al tobillo, y así, en su permanente gimnasia de piernas, acompaña nuestra banda unos minutos, claro está, hasta que su hermano decide hacerle el relevo. Vamos de un instrumento a otro haciéndolo sonar… En su manera convencional, y también experimentando nuevas formas de hacerlo. A veces ponemos un CD y ampliamos el acompañamiento instrumental, además de soltarnos con un bailoteo.

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Y así, sin darnos cuenta, el chupete y el osito de dormir han quedado en un rincón, Bru se ha despertado y está de buen humor, Sol está la mar de distraída y sobre todo, mamá ha recuperado el ánimo que necesita para afrontar toda la tarde que queda por delante con alegría.

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Una vez leí en un blog, una mamá que decía que cuando tienes dos hijos te pasas el día dando besos. Yo me paso el día cantando. Lo tengo tan integrado que ni me doy cuenta que voy por la calle con el cochecito haciendo “Los cinco lobitos” o poniendo melodía a cualquier cosa que digo a Bru con tal de motivarlo. Y así, entre nuestras jamsessions de mediodía y la banda sonora permanente que llevamos con nosotros, es como hemos empezado a practicar y a beneficiarnos de la musicoterapia casera.

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