No hay escapatoria. Ese moquillo inocente en la naricilla de tu hijo es una señal inequívoca de lo inevitable. Es solo el primero de muchos, de diferentes espesores y colores que verás desfilar a lo largo del invierno. Luego vendrá la tos, las decimillas que igual se animan a hacer fiebre, el dolor de oído, las noches que no acaban… Cuando creas que la fase catarro ya está superada (jamás lo verbalices, por favor), aparecerá  la siempre inoportuna “pasa” de barriga inventada por alguien con muy poco sentido del humos. Apenas acabamos de inaugurar la temporada de virus y microbios y más vale que nos lo tomemos con un poquito de calma. Y que vayamos, de vez en cuando, a nuestra farmacia de guardia.

Ya no necesitamos golondrinas que vayan o vengan, hojas amarillentas alfombrando el asfalto, árboles que empiezan a quedar desnudos… Ni siquiera el olor de las castañas asadas. No. Sabemos que el verano ha acabado cuando hacen su aparición en escena nuestros grandes amigos, los mocos. Lo digo sin rencor, son realmente uno más en la familia. Ocupan nuestro tiempo, nuestras noches, nuestras conversaciones y nuestros kleenex constantemente. No hay modo humano de erradicarlos, así que hemos entrado en un estado de diplomática convivencia. Si solo fuera por ellos, el inicio del invierno aún sería llevadero… Pero no todo acaba ahí.

Yo diría que llevamos ya un mes en el círculo inacabable de virus y contagios en las cuatro paredes que conforman nuestro pequeño hogar, aunque quien sabe, se me confunden ya los días y semanas. Y es que somos tan solidarios unos con otros, que nos vamos pasando el catarro con sus respectivos derivados. No quiero mirar mal a nadie, pero el foco de inicio suele estar en ese hervidero de virus llamado guardería. En poco más de un mes Bru ha pasado ya anginas, laringitis, inicio de bronquitis y pasa de barriga, esto empieza a parecerse a las Nanas de la Cebolla de hace un año. En la cadena del contagio, tras Bru viene papá, después Sol suele coger algo más leve (para amenizar los persistentes mocos que le acompañan desde que nació) y mamá que suele resistir, esta vez, también ha caído.

Y podría hablar sobre ideas y juegos para distraer al niño cuando está enfermo, pero hoy quiero hablar de ese domingo por la tarde en que las horas acumuladas de quejidos de uno y de otro empiezan a pasar factura , en que la palabra “papá” y “mamá” te retumba en todas las cavidades del cerebro, en que además no te encuentras bien, llevas a uno colgado de la pierna y a la otra que no quiere bajar de tus brazos y a pesar de que no haga una radiante tarde, miras a tu marido y lo veis claro, hay que ir allí, a la farmacia de guardia. Y no a la más cercana, sino a la siguiente. No hace falta que te hayas quedado corto de Dalsy o Apiretal, no, con comprar unos sueros monodosis o un paquete de kleenex para engrosar la colección es suficiente. Lo fundamental es salir de casa. Todos bien abrigados, cada uno en su cochecito, y asfalto para que te quiero. Y allí sí, te miras con tu marido, que es ya oficialmente tu compañero de batallas, y disfrutáis juntos, en los quince minutos que dura el trayecto, de un glorioso silencio. Bendita farmacia de guardia, que además es tremendamente curativa, porque a la vuelta parece que todo va un poquito mejor. Hasta la próxima tarde domingo.

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