El aprendizaje del habla supone un antes y un después en la vida de cualquier niño, y también en nuestra relación con él. No es solo que podamos empezar a entenderle mejor, es que el simple hecho de poder nombrar nuevas realidades le abre nuevos horizontes ensanchando su pensamiento. Este post empieza el día que la gran sopa de letras de la cabecita de Bru se ordenó y empezaron a surgir las primeras palabras.

Hoy para cenar hay sopa, sopa de letras, uno de tus platos preferidos. Esperas impaciente a que se enfríe, lo justo para llevarte la primera cucharada a la boca. “Está caent…”, me dices contrariado. Remueves la cuchara distraído hasta que la ves: “La B, la B!!”, exclamas con emoción. Sí, has pescado una letra, tú letra, el inicio de tu relación con las palabras. La identificas desde hace bastantes meses, allá donde la ves. Descubrir tu pasión por encontrarla en todo tipo de letreros de la calle nos animó a enseñarte otras letras utilizando el suelo de puzle de casa: la R, la U, la C, la O, la I…

Tú aún no lo sabes, pero todas esas letras que tanto te gusta encontrar y sacar del puzle, conforman las palabras, y las palabras, a su vez, se unen en frases. No sabemos cómo ha ocurrido, pero así, de improviso, te despertaste un día y empezaste a juntar varias palabras para expresar conceptos compuestos: “cabell mullat”, “sopa caent, no”, “nen pupa Bru al cole”. Es como si se hubiera desatado de pronto tu lengua liberando un torrente de palabras que, como en un volcán, se hubieran estado gestando en tu cabecita y salieran ahora a la luz.

Y hablar te sienta bien, muy bien. Quizás es solo una impresión, pero además de más mayor, desde que hablas más se te ve más relajado, más risueño, más bromista y más comunicativo también, como es lógico. Da la sensación de que lo que necesitabas era sentirte entendido, que había algo de frustrante en que no fuéramos capaces de comprender lo que a intentabas expresar. De que te sentías limitado y ahora, en cambio, empiezas a nadar como pez en el agua.

El habla te ha abierto las puertas a la música. Ya no solo bailas, de ese modo que tanta gracia nos hace, agachándote y saltando, sino que has empezado a cantar. Es un gozo oírte, y no me acompleja utilizar esta frase de abuelilla, porque es lo que es, un gozo, y como se dice en catalán, una joia. Quieres de todo su canción, del sol, de la luna, del caracol, del escarabajo, de la mariquita…Entonas aquellos fragmentos que conoces. Pides canciones que son populares y otras que te gustaría que existieran (el otro día me pedías la canción de la judía) para poder cantarlo todo.

En este momento tan apasionante de tu infancia, solo hay una cosa que se nos ha quedado perdida por el camino y vamos a recordar siempre con nostalgia, y es tu entrañable “endó”. Tu palabra para todo, o casi todo, de un significado misteriosamente polisémico que aprendimos a descifrar según la situación y que tanto podía querer decir “Quiero más” como “Quiero eso” o “Vale”. Hace ya tres semanitas que no la hemos oído más y es que “endó” se ha retirado a tiempo para dejar paso al ejército de palabras con el que cada día engrandeces el mundo que te rodea.

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