Nuestro niño, ese chiquito que ha ido creciendo entre post y post, ya tiene dos años. Inicia el despertar a la plena conciencia de todo cuanto ocurre a su alrededor, lo que convierte este momento en una etapa preciosa y que estamos disfrutando plenamente como padres. Para nosotros empieza el momento de inculcar hábitos y establecer límites, en definitiva de asentar las bases del hombre o mujer que será mañana. Un reto, realmente, apasionante.

Hoy las sillas de miniatura del aula de p2 están ocupadas por la versión adulta de sus inquilinos habituales, sus papás. Somos cinco parejas que venimos, un sábado por la tarde, a nuestra escuela, la escuela de padres. Es un Curso de Orientación Familiar (COF) organizado por la asociación FERT que se imparte en el parvulario Avantis  y en el que nos han acogido maravillosamente a pesar de no ser papás de la escuela. Las sesiones que hemos hecho sábado a sábado en este curso nos han dado ideas muy buenas que me gustaría compartir en una sesión de tres posts. Uno, este, dedicado al niño o niña, otro al padre o madre y el último, a la relación de pareja cuando crece la familia.

Para cualquier niño, no hay nada más imprescindible que el cariño de sus padres. Pero el cariño, es exigente. Esta frase me ha quedado gravada a fuego, y se concreta de un modo muy especial a partir de los dos años. De los dos a los tres se da una transición muy importante en el desarrollo: se pasa de ser un bebé a un niño, de ser dependiente a autónomo en muchos aspectos. En este año de transición hay cuatro pilares básicos, cuatro metas a lograr que son el dormir, el comer, la higiene y el orden. No hay que entender esto como las cuatro asignaturas que el niño tiene que aprobar para el día que sopla las tres velas, no. Son más bien los campos que tiene a su alcance para crecer y madurar en las distintas dimensiones de su personalidad y carácter.

De entrada, uf. Los que tenéis hijos en esta edad sabéis lo que cuesta cada pequeña cosita, y que desde que los recogemos del colegio hasta que se acuestan, nos podemos pasar perfectamente tres horas enteritas cansándonos de decirles haz esto, o no hagas lo otro. Al menos a mí este aspecto me agobiaba bastante y solo conseguía que me tensara yo y lo tensara a él. Además, una acaba cansada de oírse a sí misma, ¿o no?. Así que aquí van los dos mejores consejos sobre cómo educar a un niño de dos años que he recibido hasta ahora:

  1. Marcaros sólo un objetivo con él  y insistir en él hasta que esté conseguido. El objetivo tiene que ser conseguible y además, en un breve periodo de tiempo.
  2. ¿Y lo demás? Pues atento a la frase: Tienes que verlo TODO, decir POCO y disimular MUCHO. En realidad, tienes que decir solo aquello que te has marcado como objetivo.

Desde que aplicamos estos dos principios, qué paz y cómo estamos progresando. Porque nos concentramos en una cosa y dejamos para otro momento lo demás. Así, por ejemplo, si estamos con que tiene que recoger los juguetes, no damos tanta importancia a que no se desvista solo, o a que se lave las manos de aquella manera. Vamos pasito a paso.

Y no hay un método concreto para inculcar un hábito, pero es tremendamente revelador ser consciente de cómo piensa un niño de esta edad. Y es que para un niño de dos años, la vida, es juego. Educar se convierte entonces, en jugar. Como explicaba un padre del curso con mucha gracia, había conseguido que su hijo se dejara vestir jugando a que, con una varita mágica, le dejaba estático y así él podía vestirle. O nosotros, para hacer subir a Bru los escalones de casa, misión imposible, empezamos a hacerlo de distintas maneras: haciendo un zapateado por escalón o saltando como una rana. Y voilà, funcionó.

Son solo dos ejemplos muy pequeños, aquí imaginación al poder. La conclusión es que, si la vida es juego, vamos a jugar. Será además de efectivo, mucho más divertido.

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