Estoy sentada frente a ti, a la distancia suficiente para percibir tu respiración, lenta, acompasada; para sentir tu presencia, imponente y familiar a la vez. Ha pasado el tiempo… Y han pasado muchas cosas desde la última vez. Sin embargo ahora, bajo tu mirada inmutable, me doy cuenta de que en realidad el tiempo puede ser algo muy relativo: tú eres el mismo, con algún otro achaque (ya te has vuelto un poco sordo de una tecla, con esta, ya son dos), pero en esencia, eres tú; y yo, aunque sienta y diga a menudo que en tres años me he convertido en otra persona completamente distinta, me miro ahora en el reflejo de tu mirada y veo que en el fondo, soy la de siempre, más mayor, con otras prioridades, otras cosas en la cabeza y el corazón… pero sigo siendo yo. Estoy aquí porque estuve escuchando la célebre Aria de Bach, La Suite en Re… ¿la recuerdas?

Tras las escalas de rigor para desentumecer mis dedos, arrancamos con un arreglo sencillo del Ave Maria de Schubert. Te toco con delicadeza, casi diría, reverencia, mientras mis manos vuelven a acostumbrarse a ti. Es una versión sin pretensiones, exquisita en su sencillez. De alguna manera, esta canción nos ayuda a cerrar las ventanas del pensamiento y sumergirnos, de lleno, el uno en el otro.

Bach, la Suite en Re Mayor

Empezamos, punteando cada acorde. Las notas empiezan a enlazarse y crece la intensidad. La complejidad, también. Hay armonías que se vuelven sublimes al resonar en tu interior. El oído se llena de melodía. Me maravilla ver lo que estamos creando juntos ahora, en este preciso momento.  Maldigo mis dedos por interrumpir con su torpeza este torrente musical. Nos paramos. Repetimos. Intento poner mis cinco sentidos en los tuyos, pero mi radar, que inconscientemente quiere saber qué está haciendo la pequeña, me distrae  al mínimo ruido. Venga, vuelta a la partitura. Insistimos. Volvemos. Cada vez sale un poquitín mejor, pero aquí tenemos trabajo para días. Bueno, en realidad, de eso se trata. Después del esfuerzo, cansados, pero satisfechos. Ahora toca relajarnos.

Así que nos dejamos caer suavemente en la clara melodía de Giovanni Allevi, transparente, joven… Su familiaridad nos trae aires romanos y arranca de cada nota sensaciones, olores, voces, personas, historias, y retazos de historias de años atrás, de la ciudad eterna. Me cuesta esfuerzo no perderme por los callejones de este viaje, así que fijo la vista con testarudez en la línea que marca la partitura para no desviarme demasiado.

Ya es hora de ir acabando. Comptine d’un autre ete , con seguridad la canción que más he tocado y que por ello permite que mis pensamientos vuelen sin ataduras, ya que las yemas de mis dedos llevan tatuadas cada una de sus notas. Y seguimos en Roma, ahora en el piso de estudiantes de Viale Tito Livio. Hay un piano, otro, más viejo, más gruñón, cuyo sonido se expande por las amplias estancias de techos altos donde convivimos siete personas de cuatro nacionalidades. Esta canción llegó a convertirse en el alma de nuestra casa. Al menos, para mí. Suena la última nota y con ella, descendemos de nuevo aquí, al ahora, al presente, a la merienda de mi niña que ya se la ha acabado toda. A su pañal que hay que cambiar. Al reloj que señala la hora de ir a la guardería a buscar al mayor. Solo puedo decir que ha sido, de nuevo, un placer. Y esta vez puedo añadir, hasta pronto.

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