Este es un fotopost rápido e inesperado. Yo solo quería pasar un ratito con mi padre, los dos solos, mano a mano en la cocina, amasando y charlando, aprendiendo de él y elaborando, por segunda vez en mi vida, las cocas de l’avi Antón. Los niños estaban supuestamente controlados, en el comedor, jugando con su padre. Pero Bru sacó su naricita curiosa por la puerta de la cocina y lo que tenía que ser cinco minutitos de intrusión para solo mirar, acabó dando un vuelco a nuestra tarde. Así fue como abuelo y nieto pasaron una tarde de trabajo duro entre harinas y masa y yo me convertí en reportera del momento, sin filtros, sin retoques, mis panaderos en directo desde mi cocina.

Con el gorro de chef y la bata, de entrada le parecía que estaba haciendo plastelina!

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Me quedé a cuadros de ver como mi padre trataba al peque como si fuera un adulto, sin ningún tipo de contemplación, riñéndole porque enharinaba de más la masa, indicándole cómo hacer para amasar bien… Pero si solo tiene dos años, qué va a hacer pobre! Pensaba yo… Pero callé, y suerte que lo hice, porque lo más asombroso fue la respuesta del niño, que captaba el mensaje y ponía todo su empeño en seguir las indicaciones del avi. Espectacular.

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Aún así, a la que el avi se distraía un poco… Salpicón de harina al canto!

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Aquí pintando las cocas con aceite, otra manualidad culinaria que le encantó

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¿Se hace así “el pellizco” a la masa?

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Extendiendo la “pelota”, por debajo, con cuidado… Después de estirarla indiscriminadamente y recibir la consecuente amonestación, así aprendió a hacerlo, técnica depurada.

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Oh oh…. Creo que ya sé dónde está la harina que faltaba 😉

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Así quedaron… Las mejores claro, pero qué os iba a enseñar sino!

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Solo me queda decir… Gracias papá! Te quiero y tengo muchísimas ganas de volver a hacer cocas contigo, y con el pinche, ahora que lo tienes bien enseñado, también!

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