Hace muchos días que estoy preparando el siguiente post. Las veladas tranquilas escasean o cuando ocasionalmente llegan, me encuentran  agotada en modo encefalograma plano. La redacción del texto avanza y retrocede a trompicones de semana en semana, y su enfoque varía de un día a otro. Si hace meses esta situación podía fácilmente exasperarme, hoy la acepto con una serena paciencia –ahora que caigo…¿será que me estoy haciendo mayor? Y ha sido en estos días de indiferente improductividad cuando me he dado cuenta de que entre post y post lo que ocurre es la más bella, efímera y discreta normalidad. Esa a la que estamos tan acostumbrados que no prestamos atención y mucho menos, nos paramos a escribir. Normalidad como son las gloriosas tardes con dos peques en casa. Tardes que, en todas sus variantes, siempre tienen dos ingredientes esenciales que son la arena, y las burbujas.

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