Hace muchos días que estoy preparando el siguiente post. Las veladas tranquilas escasean o cuando ocasionalmente llegan, me encuentran  agotada en modo encefalograma plano. La redacción del texto avanza y retrocede a trompicones de semana en semana, y su enfoque varía de un día a otro. Si hace meses esta situación podía fácilmente exasperarme, hoy la acepto con una serena paciencia –ahora que caigo…¿será que me estoy haciendo mayor? Y ha sido en estos días de indiferente improductividad cuando me he dado cuenta de que entre post y post lo que ocurre es la más bella, efímera y discreta normalidad. Esa a la que estamos tan acostumbrados que no prestamos atención y mucho menos, nos paramos a escribir. Normalidad como son las gloriosas tardes con dos peques en casa. Tardes que, en todas sus variantes, siempre tienen dos ingredientes esenciales que son la arena, y las burbujas.

Tengo la fortuna de empezar mi segunda jornada, la que transcurre en casa, a las 14:30 de la tarde. A esa hora normalmente como, con la pequeñuela en su trona a la que tengo que ir alimentando cual pajarillo hambriento para mantener medianamente tranquila el tiempo justo para poder acabar a toda velocidad, recoger los platos y dejar preparada la cena de los niños. Después, no hay dos tardes iguales: cuando no hay una lavadora pendiente, hay ropa tendida para recoger y un eterno etcétera de tareas domésticas. Está la variante exterior, que incluye desde comer en cinco minutos y salir disparada al pediatra –muy habitual últimamente-, ir a comprar fruta y verdura y tomar un café fugaz en casa de mis padres, carne, pescado o al super; pasar por la farmacia o la panadería, o bajar corriendo al centro a por unas camisetas de verano, que el calor nos ha cogido desprevenidos. En cualquier caso, sea cual sea la combinación, a partir de las 5 la rutina es inamovible.

Cuando recojo a Bru en la guardería, suele estar metido en la cabaña del patio o haciendo sopas de hojas. Hay que llamarlo repetidas veces y usando nombre y apellido –la profesora insiste en que la culpa es de tener un nombre tan corto, y después de verme a mí misma haciéndolo más de una y de dos veces, empiezo a considerar que no deja de ser una posibilidad. De ahí, sea con su moto roja o sin ella, la cita es obligada, al parque. En esta maravillosa jungla urbana nos espera el arenal que hace las delicias de todos los niños. Yo ya he optado por dejarlos, a ambos, circular descalzos y asumir que, aún así, la arena llegará a nuestro piso. Yo también suelo ir uniformada para sobrevivir al polvo, y el sudor y a todo lo que se tierce: Las peleas por las escasas motos y bicis, las negociaciones con las palas y el cubo, las exploraciones temerarias, las colas del columpio. Aunque me encanta verles jugar, ver a Bru correr, ver a Sol entretenerse con otros niños y niñas e intentarse hacer comprender, no negaré que el mejor momento es el de recoger el chiringuito.

Llegamos a casa y directamente a la bañera. “Amb la Sol, amb la Sol”. Desde que se baña con su hermana, Bru está encantado. Se lo pasan en grande juntos en el agua, chapotean, ríen, juegan con sus muñecos de goma- también se pelean por ellos, por supuesto. Hasta hace dos días el momento más esperado era el de sacar las pompas de jabón. Hacerlas grandes, pequeñas y sobre todo, poderlas coger con las manos. Sacamos el champú del pelo con lloros por turnos, y después me llevo dos croquetas envueltas en sus toallas a la cama de Bru. Ahí empieza otro festival, el de la crema, los escondites, el pijama, las risas, saltar en la cama, colgarse de la persiana… Y a cenar. La cena suele ser un momento tranquilo, Sol está quietecita y no dice ni mú. De hecho, protesta si tardo demasiado en ofrecerle la siguiente cucharada. Bru, entre bocado y bocado, a veces explica algo, y a menudo canta. Cuando los platos están vacíos, hay unos momentos de impaciencia mientras intento dejar recogida la cocina y luego nos trasladamos de nuevo al comedor a jugar.

Y fue en un momento así, sentada en el suelo infantil de goma de colores, mientras esperábamos a papá, notando, aún, el intenso olor a champú infantil, viendo a los peques escondiéndose y encontrándose entre grandes risas tras las cortinas cuando fui consciente de lo rápido que va a pasar esto, de lo maravilloso que es y de que no hay cansancio, por grande que sea, que no sea compensado por momentos tan normales como estos, como nuestras tardes de arena y burbujas.  

Anuncios