Hace unos meses, La Vanguardia abría su sección de sociedad con un artículo a dobe página titulado: Ecomujeres, ¿una nueva fe? En él Cristina Sen se refería a la moda de la vuelta a lo natural en cuanto a estilo de maternidad se refiere: parto sin epidural, lactancia prolongada, porteo, colecho, crianza con apego, educación intensiva… Una tendencia en boga que ha encendido las alarmas de las voces más feministas que consideran, como reza el antetítulo de dicho artículo, que “el regreso a lo natural podría encadenar a la mujer de nuevo en casa”. Ni más, ni menos.

Recomiendo vivamente la lectura de Ecomujeres, ¿una nueva fe? El texto refleja de una manera magistral lo que para muchas han sido, o están siendo, los referentes que tenemos a nuestro alcance sobre cómo enfocar algunos asuntos esenciales en nuestra manera de entender y vivir la maternidad. Unos referentes que chocan, en muchos casos, frontalmente con los que tenían una generación atrás, el tema de la lactancia es uno de ellos, pero desde luego no el único. Es curioso que estos referentes de ahora, por así llamarlos, hayan sido enarbolados como bandera del feminismo y sea ahora el propio movimiento feminista el que los considere una auténtica amenaza a la libertad e independencia de la mujer. Me quedo con las ganas de desgranar, punto por punto, todas las afirmaciones que recoge el artículo. Me quedaré con una de ellas y es la postura de la filósofa Elisabeth Badinter que define la maternidad como “una nueva forma de esclavitud como causa de la crisis económica”. 

Es habitual que la mujer reduzca su jornada laboral para poder dedicarse más a sus hijos. ¿Pero es eso una esclavitud? ¿Si quien lo hace es el hombre, se considera también un esclavo? Mucho me temo que no… Pero no quería entrar hoy en esta distinción, sino en algo mucho más básico y es la raíz de esta afirmación, al menos tal y como yo la he entendido. Que la mujer ingrese menos dinero la hace, de algún modo más dependiente a su pareja. Vayamos al motivo que puede provocar esta situación y que no tiene porque ser siempre la dedicación a unos hijos. Pongamos por ejemplo una pareja joven. Ambos trabajadores en activo con profesiones que requieren una amplia dedicación. Uno de ellos practica un deporte que le exige muchas horas de entreno, a las que se suman las competiciones. Después de mucho pensarlo y hablarlo entre los dos,  deciden que reducirá horas de trabajo -y con ello ingresará menos dinero a la cuenta común- para poder dedicarse al deporte que es su pasión. Trabajar menos horas lo hace, de algún modo, dependiente de la pareja a la vez que le impide crecer en su carrera profesional. No he dicho si es un hombre o una mujer, porque en este caso, da lo mismo. ¿Deberíamos pensar, pobre X, esclavo de su pasión por el deporte Y?.

Sin embargo, nadie lo vería como una víctima. Dejar en segundo plano el éxito -o lo que la gente considera éxito- profesional para cultivar un hobby es una elección, una decisión libre y valiente y para muchos, envidiable ya que no todo el mundo se lo puede permitir. Sea el hobby un deporte, la música o teatro. A esa persona se la juzgará -porque al final, de eso se trata el artículo, de un juicio a una opción- a ojos de la sociedad, como una persona con criterio, que ha valorado los pros y contras antes de tomar una decisión, que ha tenido la oportunidad de tomarla, y lo ha hecho. Una decisión libre y con la que se siente feliz.

Entonces ¿Por qué cuando el hobby es dedicarse a los hijos, y especialmente cuando quien lo hace es una mujer, deja de ser una decisión libre y se convierte en una esclavitud? Es exactamente lo mismo: renunciar a un crecimiento profesional, no ser, quizás, la aportación económica más importante en el hogar, para poder dedicarse a una pasión, pero con una sutil diferencia, y es que la maternidad y la paternidad son algo más que un hobby. Como decía al principio, no quiero entrar aquí en el tema de si es el hombre o la mujer quien lo hace, tradicionalmente viene siendo la mujer, pero en países nórdicos, cada vez es más habitual ver a hombres en este papel. Siempre va a depender de cada familia. Pero no debería ser una cuestión de género. 

El otro tema es, que lo queramos o no, un hijo necesita que se le dedique tiempo. Y los días, lamentablemente, sólo tienen 24 horas. Y tal y como están montadas las cosas hoy en día, con trabajos de ocho horas mínimo con un horario partido, conciliar vida profesional con laboral es difícil. Mientras esto no cambie, o no lo hagamos cambiar, en la pareja, uno de los dos tendrá que reducir sus horas de trabajo -lo que implica su crecimiento en la empresa- para poder dedicarse a los hijos, sea él o ella, si tiene esa posibilidad. Digo “tendrá que”, y en realidad el verbo adecuado es “hará lo posible por” o “querrá” porque estamos hablando, al final, de poderse dedicarse al que ha escogido, libremente, como su hobby y ocupación principal, que podría haber sido el de ser bailarín, deportista o músico, pero que es el de ser padre o madre. Ni más, ni menos. 

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