Como me ha pasado otras veces, este es un post que no tenía previsto y que se ha colado en enelsombrerodemama. Hace poco os hablaba de las diez maneras de cuidarse que quería aplicar para sobrevivir con éxito al corre corre del día, es decir, para poder vivirlo con plenitud y cierta pausa, disfrutando de todo lo bueno que nos trae, tratando de mantener las prisas y los estreses varios a raya. Pues como veis, hace un mes que lo escribí y este mes precisamente, el de la vuelta al cole, me ha puesto verdaderamente a prueba (el blog es solo una muestra, hacía mucho que no estaba un mes enterito parado!). Ha sido un mes intenso por el nuevo ritmo, la logística y cambios de logística, inesperados cambios laborales, primeras -itis de los niños (con sus urgencias, noches sin dormir, visitas a la pediatra… qué os voy a contar!) y también primeras bajas de los padres! En fin, resumiendo, que veníamos de un mes que no había dado tregua y que había dejado, al menos mis energías, a mínimos. Así que echando mano del decálogo mágico, de manera improvisada, el viernes a mediodía llamamos por teléfono a un hostal del que mi suegro nos había hablado bien y sin más, no plantábamos allí el sábado por la mañana. No pudo ser mejor decisión.

Se llama Hostal del Coll, y está en la comarca de la Selva, en Girona. Se trata de un complejo de restaurante, ermita, hostal y apartamento turístico algo curioso, en un enclave inigualable: perdido en las montañas de las Guilleries, oculto entre bosques de castaños y encinas y con vistas al pantano de Susqueda. Aquí lo podéis ver:

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No nos había aconsejado mal mi suegro. El lugar de ensueño, tranquilo, el trato, excelente y muy cercano, y una muy buena relación calidad precio. No somos para nada de pensión completa (más bien siempre intentamos ir a apartamentos para poder cocinarnos nosotros, etcétera). Pero el precio, más que ajustado, nos animó a hacer una pensión completa. Y eso, amigos, son vacaciones de verdad, aunque hayan sido solo 24 horas.

¿Y qué hemos hecho? No habíamos buscado nada en internet, así que, simplemente, nos dejamos llevar. El sábado después de dormir una nada despreciable siesta en familia, salimos a pasear por un caminito que nos indicó el dueño del hostal. Ya habían caído las primeras castañas, así que enseguida tuvimos un motivo para pasear: recoger castañas. Para ellos fue la primera vez, y reconozco que para mí también. No pudo ser un paseo más otoñal, y en ese sentido, un gustazo. El bosque de las Guilleries, para quien no lo conozca, es además espectacular y tiene una gran variedad de árboles, con lo que en cuanto a paisaje, estábamos más que servidos. Para los urbanitas, el solo hecho de pasear entre árboles es ya una experiencia espiritual en sí. Y para los niños, mientras haya donde trepar, piñas y palos en el suelo, la diversión está garantizada.

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Después estuvimos jugando en el jardín de la casa, subimos a bañar a los niños, cenamos todos juntos, los acostamos… Y al poco ya estábamos los cuatro durmiendo. A la mañana siguiente, después de un grandioso desayuno frente a la chimenea, bajamos serpenteando hasta las inmediaciones del pantano y allí, en unas pozas que nos han chivado, hemos estado tirando piedras y saltando con las botas de agua. No tengo fotos porque bastante trabajo hemos tenido para que no se nos cayera ninguno al agua! Pero el lugar era este:

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Después hemos ido a la Cellera de Ter, aperitivo, comida de los peques, y ya, de vuelta a casa. Y poco más puedo decir. Estos planes improvisados, normalmente, son los que salen más redondos. Desde luego hemos cargado pilas todos. Hemos disfrutado mucho unos de otros, y pueden parecer palabras vacías, pero no podrían estar más llenas de su verdadero sentido. Porque cuando tu única ocupación es estar con tus hijos, sin tareas del hogar pendientes, sin tener que cocinar o recoger… Los descubres de un modo nuevo. Me considero una madre que juega con sus hijos, pero poder hacerlo sin reloj, sin prisas, es otra manera de jugar. Más cercana. Es como si los vieras más a fondo, de algún modo, los comprendes mejor. Y así, los disfrutas y ves como no lo haces en el trajín de cada día. Solo por eso, ya vale la pena. 

Os decía que hemos vuelto todos con energías renovadas, pero el caso de mi hijo mayor merece un punto aparte, lo feliz que ha estado este fin de semana, teniéndonos a los dos, papá y mamá, todo el día con él, corriendo libre arriba y abajo, no tiene nombre, pero sí una imagen, y es esta:

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Os animo a que, en algún momento, no dudéis en invertir en un fin de semana así!

Que tengáis un buen inicio de semana!!!

 

 

 

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