Quizás algunos las habéis visto. Circula por las redes un pequeño fotoreportaje con imágenes, durísimas, de los bombardeos en Alepo. Una selección de fotografías sobrecogedoras que quieren denunciar la invisibilidad en los medios de comunicación de un conflicto al que tristemente nos hemos acostumbrado, un drama que ha convertido la vida de familias enteras en una auténtica película de horror. Los protagonistas de la mayoría de esas imágenes son niños, niños pequeños, de apenas dos años de edad. Sus cuerpos sin vida, cubiertos de polvo blanco, yacen inertes entre los escombros o son cargados por los supervivientes como si de muñecos de trapo se tratara.

Pienso en esos niños, unas horas antes de que se tomaran estas desgraciadas imágenes. Y solo puedo ver a mis propios hijos entonces, a mis hijos jugando con los juguetes de la bañera, escapándose por la habitación para que no les ponga crema, abriendo la boca mientras les paso el secador para llenarla de aire, escalando en sus tronas para la cena, riendo y compitiendo a ver quién golpea más fuerte en la mesa con la cuchara… Pienso en mis hijos y pienso en los niños de las fotos, y lo único que nos separa es el azar. Ellos, sus familias, no han hecho ni dejado de hacer nada para nacer en un país en conflicto, igual que nosotros no hemos hecho nada para nacer en lo que llamamos primer mundo. Ni nos lo merecemos ni nos lo dejamos de merecer, estas han sido las cartas que nos ha dado el destino, igual que podrían haber sido intercambiadas, por el mismo azar, y estar ellos aquí y nosotros allí. Salir nosotros en esas fotos y estar ellos viéndolas, mientras echan un vistazo rápido a facebook en un aperitivo soleado de domingo.

Después de ver las fotos, he corrido a abrazar a mis hijos, consciente de la suerte incalculable que es tenerlos a mi lado, y a salvo. Del regalo que es poderlos ver crecer cada día. Y no, no quiero que se me olvide, ni quiero que esto haya sido una reacción efímera. No. Quiero ser consciente de este regalo ahora, y mañana. Cuando los abrazo para acostarles con un beso, y cuando me desquician. Quiero acordarme de que están aquí y podrían no estar cuando me pidan por tercera vez el mismo cuento, conviertan la hora de la cena en una batalla campal, hagan alguna de sus trastadas, griten, se peleen y me lleven al límite. Cuando me pidan que juegue con ellos y tenga que dejar de hacer otras cosas, cuando necesiten mi sonrisa a pesar de mi cansancio, mi paciencia y mi cariño a pesar de mis prisas. Y quiero hacerlo así, de manera plenamente consciente, por los niños que ya no están. Porque aparte de rezar por ellos y sus familias, es todo lo que se me ocurre hacer. Quiero hacerlo porque mis hijos podrían estar en la foto y no lo están. Quiero hacerlo por los que sí lo están, en su recuerdo, en su honor. Porque es de justicia que a los niños les demos lo mejor, que  por ellos nos esforcemos y superemos para ser mejores personas. Porque ellos lo merecen absolutamente todo. Porque solo esto, es motivo suficiente para detener una guerra y dejar de lado cualquier tipo de intereses, por grandes que parezcan. Deberíamos hacerlo, aunque solo fuera por esos niños, por los niños de Alepo.

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