Es imposible escapar al ambiente navideño. Las luces en la calle, los portales decorados con árboles,  los arreglos hechos de abeto y lazos rojos, con más o menos gracia, en todas las tiendas del barrio, los papanoeles, las cantadas de villancicos en los colegios, la fiebre por las compras (Dios mío, este año el Black Friday ha sido un auténtico bombardeo)… Se respira, un año más, una Navidad que tiene tantos adeptos como detractores y no pocos, que sin planteamiento alguno, o por costumbre, se ven cada año arrastrados por ella y por el consumismo que, fácilmente, y si no nos ponemos muy firmes para evitarlo, la acompaña. El día del Black Friday, al menos yo, toqué fondo. Sentía la imperiosa necesidad de comprar, tenía la sensación de que si no lo hacía, estaba perdiendo una oportunidad de única de descuentos excepcionales para los regalos navideños… A eso solo me faltó la lectura de un post de Pequeño Mus, “¿La magia de la Navidad está en que tres señores reyes repartan regalos a lo loco?”, para obligarme a parar y recordar cuál es el sentido de estas fechas, y sobre todo, vivir de manera consecuente a ello. Os recomiendo a todos hacerlo se llegue a la conclusión a la que se llegue. Esta es mi reflexión llevada a la práctica en nuestra familia para vivir una Navidad con sentido.

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