No sé si habréis oído alguna vez el término de padres bomberos. Desde que su significado llegó a mi conocimiento, supe dónde tenía que poner ese emoticono tan mono del WhatsApp en el que se ve una chica levantando una mano. Como muchas, imagino, yo también soy una madre bombera. Un padre o madre bombero se define por aquel que se pasa el día apagando fuegos, uno tras otro. Experto en el arte de la extinción, se caracteriza, también, por no detenerse a buscar el foco que originó las llamas, por un motivo muy sencillo: es más rápido y menos temerario sacar el extintor que adentrarse en las llamaradas para localizar el motivo del incendio. Más práctico, también. Más efectivo… Me reservo la respuesta.

Yo soy madre bombera. ¿Os ha pasado alguna vez, estando en medio de una situación, que de algún extraño modo eres capaz de percibirla, por un momento, desde fuera, y te sorprendes de lo que tú misma estás protagonizando como si de otra persona se tratara? Así me encontré yo un día, viendo ante mí una auténtica bombera de esas con pedigrí. Me había pasado la tarde entera entre: “deja de gritar”, “comparte tus juguetes”, “si no sabéis jugar juntos me quedo el tren y las vías”, “ponte las zapatillas”, “baja del sofá ahora mismo”, “último aviso”, “castigado a tu habitación”, “a cenar”, “a cenar he dicho”, “no se trata de ser el primero o el último sino de comer”, “no te saques el babero”, “no tires la comida”, “te quedas sin cena”… ¿Aburridos? Hasta yo misma me aburrí de escucharme. Y me di cuenta, además, de que me había convertido en una bombera profesional: me estaba dedicando a apagar, literalmente, los problemillas más cotidianos, las más de las veces, a golpe de grito, autoritaria y taxativa, muy lejos de hacerme cualquier planteamiento más allá del de conseguir a toda costa que, cuanto antes, volviera la paz.

Actuar así es efectivo, a veces, y en pequeñas dosis, quizás, pero cuando se convierte en una constante, para empezar, los niños dejan de escucharnos (somos esa musiquilla de fondo que va sonando cada dos minutos) y lo único que conseguimos al atajar un incidente, es que empiece a fraguarse otro que no tardará en arder. Y así vamos saltando de incendio en incendio. Se agotan nuestros hijos, nos agotamos nosotros, y la única medalla de honor que conseguimos al llegar la noche (aparte de la almohada, que no es poco!) es la del número de incendios en los que hemos intervenido. Pero desde luego, ninguna que tenga que ver con una solución real para evitarlos.

¿Y cuál es la solución para apagar un incendio e impedir que se genere uno nuevo? Cuando nuestros hijos hacen alguna de las suyas, están desafiantes, o, por resumir, se están portando fatal, hay un motivo detrás siempre y, si nos molestamos en conocerlo, daremos con la solución para esa situación en concreto y para el problema real que hay detrás. Que haya un motivo no quiere decir que tengan ellos razón, son dos cosas diferentes. Pero nuestra misión es localizarlo. Por desgracia, las prisas del día a día, las mil cosas que tenemos que estar haciendo a la vez, tener más de un hijo o el mismo cansancio, no nos dejan mucho espacio para sentarnos ante la rabieta de nuestros hijos con una lupa cual Sherlock Holmes con la serenidad de un Buda, precisamente. Pero hay dos sencillos truquillos que hay que recordar como un mantra y que ayudan muchísimo a ir al origen del problema: el primero es no gritar y el segundo, primero mediadores y finalmente jueces: el castigo es el ultimísimo recurso. En realidad, el truco es plantearse no llegar al castigo o la reprimenda. No estoy diciendo que a veces no sea necesario, pero lo que es cierto, es que, recurrir al grito y al castigo como recurso por sistema no es efectivo a medio plazo.

Este post nace después de unas vacaciones de Navidad, precedidas por una espontánea e inspiradora conversación sobre educación con un casi desconocido de esas que te abren los ojos que te recuerdan aquello que ya sabes pero que se ha ido quedando olvidado. Durante las vacaciones, estando los dos, papá y mamá en casa, se relaja el ambiente, hay menos prisas, más tiempo y más humor. Y fue así que, como en una auténtica terapia, cuando veía que mis dedos se acercaban al extintor, me llevaba las manos a los bolsillos para evitar toda tentación y empezaba por bajar el tono de voz y tratar de averiguar qué había detrás de ese comportamiento para poder actuar en consecuencia. Digamos que las vacaciones fueron un buen debut, pero ahora se trata de mantenerlo en las situaciones extremas en las que discurre nuestro día a día.

Y no es fácil, y la madre bombera está ahí siempre latente mano en extintor, apunto para actuar. Pero alto, recuerda, no grites, no castigues. Y es así como abrimos un nuevo horizontes. Una vez, tras otra. A veces se consigue, otras no. No es fácil, como decía. Esta misma tarde, y por poner un ejemplo práctico, estaba bombereando por todo lo alto, desde que he recogido a  los niños hasta acabada la cena (se me han estirado en el suelo por la calle en un par de ocasiones, no han guardado zapatos ni abrigos en su sitio, se han estado peleando toda la tarde, la cena ha sido una batalla campal, lloros, drama…parece que me esté excusando, no? Pero es efectivo, verdad? ;)).  Y entonces recuerda… Y piensa. ¿Y a estos, qué le pasa? Pues qué va a ser? Que están cansados!! Que la vuelta al cole es dura y agotadora. Bien…Extintor al suelo. Nada de gritos, nada de castigos. ¿Ideas? Todas son buenas! Hoy se me ha ocurrido apagar las luces, hemos cogido las linternas (gracias Melchor, Gaspar y Baltasar), hemos puesto un CD de música relajante con sonidos de la naturaleza y hemos empezado a jugar a las estrellas moviendo el haz de luz por el techo, explicando el cuento de la estrella que vivía sola, después hemos hecho sombras chinas (alguien sabe hacer algo más que el perro y el conejo?), hemos seguido haciendo sombras con sus animalillos… Y oye, ni una pelea, ni un enfado, ni una trastada. Mucho más efectivo un juego que responde al problema real de los niños (que no es que griten, se peleen, desobedezcan… sino que están agotados) que todas las riñas y reprimendas anteriores juntas.

No sé si como ejemplo es el más bueno, pero desde luego, el más reciente sí es. Y como este muchos, y muy distintos.

Y así es como finaliza esta confesión de una madre bombera. Una mujer que reconoce que es madre bombera aunque no era esta la idea de madre que tenía intención de ser, pero que tiene un propósito para 2017: seguir entrenando para serlo, cada día, un poco menos.

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