Este mes he cumplido 30 años.

Muy tranquila soplé yo mis velas con la paz de quien llega a clase con los deberes hechos. Inauguro los 30 casada con el hombre que quiero, con dos hijos maravillosos y un trabajo que me gusta. Así que este no va a ser el post de la treintañera que se plantea sentar cabeza, al menos en su sentido más convencional. Claramente, no.

Quizá fue en ese preciso momento, cuando apagué las velas en el pastel, que una chispa traviesa se escapó y entro en mi cuerpo. Prendió una pequeña lumbre, olvidada en un rincón desde hacía años, insignificante, que, poco a poco, fue creciendo. Al principio no le hice demasiado caso, si bien su luz resplandecía cada día con más fuerza. Y así, distraída en el trajín diario, no fui consciente de lo que se estaba fraguando hasta que tuve, ante mí, un verdadero incendio del que no había escapatoria. Desarmada, levanté la vista y miré directamente las llamas. Y, como en un espejo, un espejo de fuego transparente, descubrí mis propios ojos, mirándome fijamente. Mis ojos, con diez años menos.

En sus pupilas vi desfilar una chiquilla a la que le gustaba ir siempre despeinada, correr sin paraguas bajo la lluvia, saltar entre las olas, andar descalza, deambular por la ciudad sin rumbo bajo una capucha sin más compañía que un cuaderno y un bolígrafo. Una chiquilla que no se conformaba con lo normal, que siempre quería algo más, que se creía capaz de todo, que soñaba con grandes aventuras, que vivía de deseos. En su mirada una sola pregunta, ¿dónde están ahora tus sueños?

Ser madre es un sueño hecho realidad.  El más grande, sin duda, contesto.

Su mirada quema. La respuesta es buena, pero no suficiente. Porque soy madre, pero sigo siendo yo. Y lo primero, no excluye lo segundo.  Más bien, creo que para ser una buena madre, tienes que ser la versión más auténtica de ti misma, honesta y consecuente con quien eres en realidad. Para ser una buena madre, tienes que ser fiel a tus sueños, por ti, y por tus hijos. Les debes el derecho de saber que de vida solo hay una, que hay que aprovecharla  y que para hacerlo, hay que arriesgar.

Esa chiquilla y yo sabemos muy bien de qué estamos hablando. Y le sonrío. Y me sonríe. La echaba de menos. Me encanta ver que ella sigue yendo despeinada y descalza aunque yo use, casi a diario, tacones, y maquillaje y me esfuerce por llevar un peinado decente.

Muy bien, le digo. Y no hacen falta más palabras.

Cada uno sabrá qué le depara el cambio de década, o lo irá descubriendo. Creo que los 30 son un buen momento para hacer algunos replanteamientos, repasar nuestros sueños y trazar un plan que nos permita hacerlos realidad. A veces son cosas pequeñas, a veces son cosas más grandes. Pero hay que darse una oportunidad para escucharlo y llevarlo a cabo.

Esta es mi década, y solo acaba de empezar!

(La fotografía es de mi amiga, Esther Díaz, periodista, fotógrafa y la mejor conversadora, sin duda, que he conocido)

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