No sé vosotros, pero al menos yo, con el primero, dominaba al dedillo las etapas  y fases de crecimiento y desarrollo que se han establecido, aparentemente, por común acuerdo. Que si ahora nos toca una crisis de crecimiento y de lactancia (a los tres meses), que si en nada vendrá ya la angustia de la separación (con nueve), que si estemos preparados para cuando lleguen los terribles dos años…  Siempre lista y siempre informada. Con la segunda, para cuando me doy cuenta, ya estoy inmersa en etapas conocidas y otras por conocer, algunas catalogadas y otras que desconozco si algún otro niño en la tierra ha pasado… Pero en cualquier caso, y de todas ellas, creo que merece una mención especial esos llamados “terribles dos años”.

Por supuesto, como en todo, su nombre en inglés suena mejor: “the terrible two”. Seis meses de aupair de mi hermana en Irlanda han dado para mucho, entre otras cosas, para suavizar este concepto tan manido que encierra una gran verdad y que aunque hable de dos años, puede empezar desde los 18 meses hasta los 26, ya que cada niño tiene su propio ritmo madurativo. Desde hace un par de meses, Sol se está encargando de ilustrarnos a fondo sobre lo que supone esta edad –si alguna vez leyeras esto, gracias hija mía por tomarte tantas molestias ;). Y a resultas de ello os traslado a continuación lo que he sacado de lo que está siendo nuestra experiencia, por si a alguno pudiera ayudaros

¿Qué son en realidad los terribles dos años?

Rabietas, berrinches, pataletas, enfados. De un día para otro, aparentemente, nuestra dulce pequeñaja empezó a tener de vez en cuando, algún cortocircuito, cada vez más frecuente y de mayor intensidad, en los que nos montaba un buen pollo si no se salía con la suya. Desde situaciones que con un poco de voluntad pueden llegar a comprenderse como el hecho de no querer subir al carro al salir de la guardería, un clásico, que le llevaba a arquearse de manera exagerada para que no pudiera atarle y a gritar roja como un tomate; a otras, más irracionales aparentemente, como coger una rabieta monumental si no le daba el babero que me señalaba, tirarse por el suelo y ponerse a gritar por querer peinarla, enfadarse de repente y sin aparente causa…

Y sí, son eso, los dos años conllevan, en mayor o menor medida, estas famosas rabietas. Pero si nos quedamos solo con esta parte, con las pataletas, vamos a pasar por esta época de un modo muy superficial, limitándonos a aguantar estoicamente a que pase el chaparrón y en realidad no nos habremos dado cuenta de lo que le ha pasado a nuestro hijo.  Porque si miramos más allá y tratamos de comprender el por qué de esta actitud, quizás también nos ayude a lidiar con ella.  

Lo que he visto desde mi experiencia es que esta época no está siendo más que el despertar de su conciencia, entendida como capacidad de conocer que está conociendo. Cuando son chiquitines somos nosotros, los padres, o adultos de referencia, los que decidimos por ellos qué se hace y qué no, y si bien desde bastante pequeños expresan también sus preferencias, es fácil hacerles cambiar de opinión y que acaben haciendo lo que a nosotros más nos conviene. Por ejemplo, un niño de un año que está con un juguete que nos puede parecer peligroso. Si se lo sacamos de las manos, quizás al principio protesta, pero enseguida que le ponemos otro delante se olvida y ya lo tenemos de nuevo entretenido. Con un niño de dos años, conseguir esto es más difícil. Desde el momento en que el niño es capaz de pronunciar su nombre, adquiere conciencia de sí mismo. Esto me lo explicaron una vez y me pareció fascinante, y cuando sucedió con Sol, comprobé perfectamente que así era. Es más, en ese momento empezaron los terrible two (que nadie se asuste, los terrible two no es un estado permanente, es en todo caso, una época que tiene sus picos que le darían el nombre de terrible y sus tiempos de calma, nada más).

¿Imagináis qué debe ser, de repente, despertar y ver que tú eres tú? ¡Tiene que ser una sensación increíble! Y desconcertante. Y claro, lo primero que necesitas es comprobar qué es eso de ser tú mismo. Y de ahí esta turbulenta época que vista desde este prisma, al menos a mí, me parece muy estimulante. Los niños a esta edad necesitan hacer valer su voluntad, precisamente para comprobar que la tienen, y lo hacen, ni más ni menos, de la única forma que saben que es gritando, llorando y pataleando. Y sí, hay un momento que no atienden a razones, pero eso no quita que sea absolutamente imprescindible, en un primer momento, explicarles, serenamente, por qué estamos o no estamos dejándoles hacer tal cosa. Después, que pataleen, que expresen su disconformidad. Y que nosotros no perdamos la calma, también.

Porque la otra vertiente interesante de todo este fenómeno es que en descubrir quienes son, exploran también hasta dónde pueden llegar. De ahí que sea el momento de los famosos límites que no son más que dejar muy clarito este punto. Este es un terreno muy personal de cada familia y donde no valen ejemplos ni referencias, también porque una misma situación, según el contexto y el momento, puede tener soluciones opuestas. Lo que es importante tener en cuenta cuando nos están pidiendo, con un berrinche, alguna cosa, es en qué momento me tengo que imponer y cuando sé cuál es, ser consecuente hasta el final sin flaquear.

En resumen, ¿qué hacer si llegan los terribles dos años?

  • Lo primero que diría es esforzarse en entender en qué momento están,  que están creciendo, están descubriendo quiénes son y que tienen algo que decir, esto nos ayuda muchísimo a poner en perspectiva lo que está pasando y a tomarnos con filosofía y más paciencia (a veces ;)) esos momentos intensos que nos brindan nuestros peques.
  • Relativizar las pataletas y rabietas, incluso las de alta intensidad: es el canal de comunicación que conocen por ahora, nada más. No porque grite más, más chunga es la situación.
  • Si todo se convierte en motivo de lucha, decidir en qué batalla luchamos y en cuál no. Es decir, quizás si va con botas de agua al parque un día de sol no pasa nada, pero sí pasa si catapulta la comida con la cuchara por toda la cocina.
  • Cuando decidimos plantarnos con algo, no transigir, mantenerlo. Es el momento en el que ellos entienden hasta dónde pueden llegar y hasta dónde llega la autoridad de los padres y de que esto quede claro, van a depender situaciones futuras bastante más complejas.
  • Y por último, y aunque sepamos todo esto, asumir desde ya mismo, que habrá días que nos sacarán de quicio, que aún sabiendo la teoría muy bien, acabaremos también gritando porque somos madres y padres, pero ante todo, humanos. ¡Y no pasa nada!

¿Y vosotros? ¿Cuál es vuestra experiencia con esta edad?

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