Este post empieza con una mujer de treinta años frente al rectilíneo e impasible carril azul de la piscina municipal, tratando de recuperar el aliento tras dejarse la piel en alcanzar cuatro largos, con las gafas de natación (¿cuántos años hará que estaban en el fondo de un cajón?) completamente empañadas, un bañador que poco tiene de deportivo y que debía pertenecer a alguien con una talla de sujetador del doble que usa ella o a ella misma en tiempos mejores… por la pinta que tiene, debió usarlo durante algún embarazo. “¿Qué sentido tendrá ir de una pared a otra de esta gigantesca bañera azul abriéndome paso por un medio tan inhóspito como es el agua?”, se pregunta.  Sí, lo habéis adivinado. Esa mujer de treinta años frente al impasible carril de la piscina municipal soy yo, recién inscrita en el gimnasio. “Ah sí…”, prosigue mi pensamiento: “La espalda, la dichosa espalda…”. Inspiración. Una brazada, otra, y otra, inspirar, expirar bajo el agua: “¿Me habré creído que me sobra el tiempo para poder permitirme estar aquí? ¿Cuándo voy a poner la lavadora? Aún hay que recoger la anterior… ¿Qué estoy haciendo?” “Tienes que hacer deporte, hay que muscular esta espalda, es la única solución”, dijo el traumatólogo. Venga, vamos. Otra brazada, otra. Inspirar. Expirar. Brazada. Ya no puedo más. Y el reloj avanza tan lentamente. Fuera hace un día radiante. Quizás puedo combinar dos deportes y correr un poquito y luego nadar. Al menos, así, podría coger un poco de color, mira que hace años que me paso los veranos blanquita blanquita…

Mis primeros días en el running no fueron mucho mejores que en la piscina. Ni en cuanto a equipo (camiseta de propaganda y las mallas de andar por casa), ni mucho menos en cuanto a la experiencia en sí. Empezando por la vergüenza que me da que me vea la gente correr. Absurdo, nadie mira, y aún así, me da vergüenza A los cinco minutos estaba sacando ya el hígado por la boca y por supuesto preguntándome desde por qué corre la gente si nadie les está persiguiendo, hasta qué haré yo aquí mientras podría estar comprando la fruta  y así ahorrarme, después, el circo de tener que hacerlo con los niños, en qué estaría yo pensando para ponerme a perder el tiempo de esta manera. Pero la espalda… Correr por el parque tiene una recompensa: zambullirse en la piscina a continuación y experimentar, en cada músculo, la ingravidez. Y quizás fue, precisamente esa placentera sensación la que me ayudó persistir. Un día, y otro, y otro más. Y de pronto, los cuatro largos se convirtieron en ocho, después en catorce… Y los cinco minutos de correr pasaron a diez y a quince. Y con eso, con ese poquito, me vine completamente arriba.

El objetivo, fundamental  para toda deportista de andar por casa o no, que se precie

Marcarse un objetivo es la clave para persistir, especialmente en el deporte. Como os decía, me vine arriba, muy arriba, teniendo en cuenta que mi mérito consistía en hacer 14 piscinas seguidas (atención! De 20 metros, que no 25. Cuando me enteré que tenía cinco menos que los creía, me dio un ataque de risa) y correr quince minutos sin morir en el intento. Y necesitaba una motivación. De mi breve época de runner, recuerdo la adrenalina y motivación de las dos carreras en las que participé. Así que me di cuenta de que lo que necesitaba era apuntarme a una competición. Tengo la suerte de trabajar rodeada de personas amantes del deporte (culpables y compañeros, por otro lado, de mi breve experiencia de runner), y enseguida me dijeron que lo mío era el SPRINT: 1.000 metros natación, 20 kilómetros bicicleta, 5 kilómetros corriendo. Vaya, una triatlón en formato exprés.

Lo mío ahora es la natación, también porque el origen de este empeño deportivo es fortalecer la espalda. Pero nadar a mar abierto… Aquí mi fobia a los tiburones que invaden el Mediterraneo se puede disipar rápido, porque siendo tantos participantes, que vayan a atacarme a mí es poco probable. Me asusta más el hecho de nadar a mar abierto, sin apoyos; así como los golpes que pueda recibir por parte de otros participantes ya que se nada en pelotón. Los 1.000 metros cada vez los veo más asequibles a medida que voy sumando “entrenos” (oi qué bonito suena dicho así, parece muy profesional). Sobre la bicicleta… Demasiado confiada voy yo en las horas de bici que llevábamos a la espalda antes de tener niños y sé que debería ponerme a ello,  estoy empezando a entrenar ya un poquito, y con un poquito me refiero a que el domingo pasado me levanté a las 7:00 y salí en bicicleta hasta las 8:15. No es mal comienzo… Y el correr…. Bueno, es lo que más me cuesta, estoy ya en los 3 kilómetros seguidos sin parar… Y los 5 con alguna pausa…

La verdad es que, cuando pienso en lo que es, en los tres deportes uno tras otro, y en lo que es una competición, me doy cuenta de que es una auténtica locura. A veces, pienso que no lo voy a lograr. O que, simplemente, no voy a llegar a participar. Tampoco puedo entrenar lo que quisiera o tengo planeado, a menudo surgen imprevistos. Pero lo que me motiva a seguir, es pensar en ese SPRINT y sobre todo, en la cara de mis peques al verme participar en él y, ojalá, al cruzar la línea de meta.

Por qué ser mono-atleta, duo-atleta o triatleta, aunque sea, de andar por casa

A muchas os sonará lo siguiente. Sabía que tenía que hacer algo de deporte, porque a todos nos conviene, y en mi caso, especialmente, para fortalecer la espalda, pero no tenía tiempo. ¿Cuándo iba a hacerlo? Entre el trabajo y recoger a los niños, tengo un ratito a mediodía… un ratito que se me va rápido en alguna tarea de la casa, algún recado, alguna visita al médico de los peques…Eso los días que no me quedo más rato en la oficina. Mi marido no llega hasta las 20h, y cuando hemos acostado niños, recogido cocina y preparado nuestra cena, es decir, a las 21:30, caigo redonda en el sofá con el único deseo de no hacer nada más. ¿En qué momento iba a hacer deporte y con qué fuerzas?

Cuando los problemas de espalda fueron a más, no me quedó otra opción. Y como os contaba, en cuanto tuve un objetivo, como nos pasa cuando queremos algo de verdad, sacamos el tiempo de donde sea y como sea. Bien un mediodía, bien una noche a partir de las nueve.

Lo sorprendente y, aunque está quedando aquí al final, es el verdadero motivo por el que escribo este post, es que, si mis pegas a hacer deporte eran que estaba cansada y que no tenía tiempo, desde que lo reemprendido, tengo mucha más energía y eso se traduce, también, en que hago rendir mucho más el poco tiempo que tengo: estoy más concetrada, tengo más fuerza física, con lo que puedo hacer más cosas, me canso menos… También estoy de mejor humor y me noto, en general, en perfecta forma, fuerte y capaz para cualquier cosa.

Hacía tiempo que no me sentía así, y me gusta, me encanta. Y, como bromeamos con mi marido, si al final resulta que soy capaz de hacer la triatlon (le llamamos así, pero ya me entendéis, es la chiqui, la SPRINT) quizás también seremos capaces de completar la tri-atlón de nuestro nucleo familiar… Ahí queda eso 😉

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