Hoy es uno de esos domingos, uno de esos que hacen de este día de la semana un anodino tránsito entre el radiante sábado y el lunes, gris. Un último domingo de julio en la ciudad, de calles silenciosas y calor sofocante en que las agujas del reloj avanzan perezosas y desganadas en su rutinario círculo. Un domingo de esos en los que, años atrás, me hubiera muerto del horror de verme donde estamos aquí y ahora.

Pero hoy, y ahora, aquí es donde estamos, sentados en la escueta sombra del parque, saboreando polvo y calor en lugar de la fría cerveza de la que, el único bar del lugar, cerrado por vacaciones, nos ha privado, respirando silencio, escuchando el tiempo arrastrarse sin prisas a nuestro lado. Los niños bajan por el tobogán. Pasa un autobús. Como los anteriores, también vacío. La parada está, también, desierta. “¿Cuántos han pasado ya?”, preguntas. “Cuatro… ¡Será por autobuses!”. La conversación se evapora en el calor del mediodía. Estamos haciendo tiempo, antes de ir a comer. En días como hoy, el concepto tiempo es aún más abstracto. Por no hablar de la idea de hacerlo, como si se tratara de fabricarlo, dentro de nuestra despreocupada inactividad. Está claro que la quietud a nuestro alrededor se entretiene con él. Los niños empiezan a hacer una sopa de arena bajo el tobogán. Se están poniendo perdidos. Por el rabillo del ojo, te veo contener el impulso de intervenir. Sonrío.

Hoy es un domingo de esos que podría definirse como el antidomingo de un final de julio, en el que se te supone en la playa o la piscina, pero en el que los resfriados que nos han cogido tanto cariño no nos dejan mayor margen de maniobra que el justo para llegar donde estamos, justo aquí y ahora.

Y con todo, y aún siendo, hoy, un domingo de esos, en este parque de polvo, calor y silencio, siento una paz enorme y me doy cuenta que, en realidad, no necesito nada más.

¡Feliz inicio de semana!

PD: la foto es de otro parque, no llevaba el movil encima esta mañana

 

 

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