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En el sombrero de mamá

Crónicas de una mamá con sombrero

Categoría

Pensamientos de mamá

En mar abierto

Y ahí estás, delante de mí, agitado, bajo un cielo que duda. Mar inmenso que desde siempre, me fascinas, y, a la vez, me aterras. Hoy, hoy te voy a nadar.

No es el mejor día para estrenarse en aguas abiertas. La corriente es fuerte, el agua está turbia, hace viento, está nublado y, además, hay rumores de que ayer se avistó una tintorera por estos lares. Pero aquí estoy yo, plantada en una playa llena de extranjeros, con un traje de neopreno prestado y una boya naranja en mi mano. No hay vuelta atrás.

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Silencio verde

Silencio húmedo. Silencio verde. ¿Por qué te escondes?

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Nieva

Nieva. Nieve sobre asfalto. Caen trocitos de hielo escarchado, desmenuzado, de alguna nube polar, exótica, al menos aquí, en la ciudad.

Parece un modesto decorado de teatro de barrio, pero es real. Está nevando en Barcelona.

La nieve lo cubre todo de silencio. Aunque solo sea por un breve lapso de tiempo.

El asfalto, las aceras, las farolas, los coches aparcados y los embotellados en esta calle… Todos, enmudecen ante un espectáculo tan insólito.

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Cortar o no cortar

Estos somos mi pelo y yo. Y mi cara de “qué cara hay que poner cuando te haces una autofoto – muero de vergüenza”.

¿Debería cortármelo?

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Veintiún besos

Casa recogida, cenas servidas, pijamas preparados, mochilas de mañana a punto. Me quedan 2 minutos. Mallas y top negro. Pañuelo estampado al cuello. Colorete, rímel y sombra. Labios y zapatos rojos. Un par de horquillas estratégicas y el moño de andar por casa parece un recogido. Vistazo al espejo. Aceptable. Abro la puerta de la cocina. Besos rápidos con olor a perfume. “¿A dónde vas?” “Salgo un ratito solo, ceno fuera y vuelvo”. Cucharada de sopa a la boca. El babero limpio, rosa, sigue de momento impecable. “Cuando vuelva, entraré a vuestra habitación a daros un beso a cada uno”. “No”. Él. Como no. “A ti te daré dos besos”. “No… Quiero veintiuno”.

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Palabras dormidas

Quiero escribir. Lo quiero y no lo consigo. Pensamientos, sensaciones, gérmenes de ideas se amontonan en mi cabeza pidiendo a gritos palabras. Palabras, palabras que les den un cuerpo, una identidad, palabras que las hagan nacer. Pero apenas consigo escribir dos frases seguidas, poco más que una anotación, un arranque en frío que rápidamente se desacelera hasta perderse.

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La sal, tu sonrisa, tú y yo

Huele a sal. El mar está revoltoso, crispado. Zarandea la arena de la orilla dejando un largo rastro de espuma blanca en cada ola. El mar es el espejo de un cielo encapotado en el que se amontonan en desorden nubes y nubarrones de distintos grises. Una manita tira con fuerza de mis dedos y devuelve mis pensamientos a la arena húmeda.

“¿Corremos?”

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Un domingo de esos

Hoy es uno de esos domingos, uno de esos que hacen de este día de la semana un anodino tránsito entre el radiante sábado y el lunes, gris. Un último domingo de julio en la ciudad, de calles silenciosas y calor sofocante en que las agujas del reloj avanzan perezosas y desganadas en su rutinario círculo. Un domingo de esos en los que, años atrás, me hubiera muerto del horror de verme donde estamos aquí y ahora.

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Triatleta de andar por casa

Este post empieza con una mujer de treinta años frente al rectilíneo e impasible carril azul de la piscina municipal, tratando de recuperar el aliento tras dejarse la piel en alcanzar cuatro largos, con las gafas de natación (¿cuántos años hará que estaban en el fondo de un cajón?) completamente empañadas, un bañador que poco tiene de deportivo y que debía pertenecer a alguien con una talla de sujetador del doble que usa ella o a ella misma en tiempos mejores… por la pinta que tiene, debió usarlo durante algún embarazo. “¿Qué sentido tendrá ir de una pared a otra de esta gigantesca bañera azul abriéndome paso por un medio tan inhóspito como es el agua?”, se pregunta.  Sí, lo habéis adivinado. Esa mujer de treinta años frente al impasible carril de la piscina municipal soy yo, recién inscrita en el gimnasio. “Ah sí…”, prosigue mi pensamiento: “La espalda, la dichosa espalda…”. Inspiración. Una brazada, otra, y otra, inspirar, expirar bajo el agua: “¿Me habré creído que me sobra el tiempo para poder permitirme estar aquí? ¿Cuándo voy a poner la lavadora? Aún hay que recoger la anterior… ¿Qué estoy haciendo?” “Tienes que hacer deporte, hay que muscular esta espalda, es la única solución”, dijo el traumatólogo. Venga, vamos. Otra brazada, otra. Inspirar. Expirar. Brazada. Ya no puedo más. Y el reloj avanza tan lentamente. Fuera hace un día radiante. Quizás puedo combinar dos deportes y correr un poquito y luego nadar. Al menos, así, podría coger un poco de color, mira que hace años que me paso los veranos blanquita blanquita…

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