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En el sombrero de mamá

Crónicas de una mamá con sombrero

Cortar o no cortar

Estos somos mi pelo y yo. Y mi cara de “qué cara hay que poner cuando te haces una autofoto – muero de vergüenza”.

¿Debería cortármelo?

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Veintiún besos

Casa recogida, cenas servidas, pijamas preparados, mochilas de mañana a punto. Me quedan 2 minutos. Mallas y top negro. Pañuelo estampado al cuello. Colorete, rímel y sombra. Labios y zapatos rojos. Un par de horquillas estratégicas y el moño de andar por casa parece un recogido. Vistazo al espejo. Aceptable. Abro la puerta de la cocina. Besos rápidos con olor a perfume. “¿A dónde vas?” “Salgo un ratito solo, ceno fuera y vuelvo”. Cucharada de sopa a la boca. El babero limpio, rosa, sigue de momento impecable. “Cuando vuelva, entraré a vuestra habitación a daros un beso a cada uno”. “No”. Él. Como no. “A ti te daré dos besos”. “No… Quiero veintiuno”.

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Dos días en blanco

A veces es necesario parar, dejarlo todo en el punto en el que está, abrir un paréntesis y zambullirse en él. Parar para coger aire y respirar para poder volver con más energía. Nos hemos dado dos días en blanco, literalmente en blanco. En Aquel Lugar, que ya para siempre va a ser Aquel Lugar. Dos días de caminar en silencio por la nieve, arrastrando el trineo rojo. De reír y cantar mucho, y dormir, aún más. De mirarnos los dos. De disfrutarnos los cuatro. Dos días con pocas palabras y no muchas fotos, entre ellas estas, mis favoritas.  Seguir leyendo “Dos días en blanco”

Tardes en casa

Todo cambio de estación tiene su qué. El paso del verano al otoño es durillo, no solo porque implica el fin de las vacaciones y la vuelta a la rutina, sino porque la llegada del frío y el hecho de que anochezca más pronto, condiciona, y mucho, nuestras tardes con los niños a la salida del cole. Incluso los días más templados, ya no apetece tanto ir al parque (al menos al mío, donde hace una humedad que atraviesa cualquier capa) y, en general, te entretienes menos y vas más derechito para casa. Y cuando en junio todo era llegar a casa, baños y cenas a todo correr que se nos ha vuelto a hacer tarde, en noviembre empieza el capítulo de las tardes en casa.

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Palabras dormidas

Quiero escribir. Lo quiero y no lo consigo. Pensamientos, sensaciones, gérmenes de ideas se amontonan en mi cabeza pidiendo a gritos palabras. Palabras, palabras que les den un cuerpo, una identidad, palabras que las hagan nacer. Pero apenas consigo escribir dos frases seguidas, poco más que una anotación, un arranque en frío que rápidamente se desacelera hasta perderse.

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La sal, tu sonrisa, tú y yo

Huele a sal. El mar está revoltoso, crispado. Zarandea la arena de la orilla dejando un largo rastro de espuma blanca en cada ola. El mar es el espejo de un cielo encapotado en el que se amontonan en desorden nubes y nubarrones de distintos grises. Una manita tira con fuerza de mis dedos y devuelve mis pensamientos a la arena húmeda.

“¿Corremos?”

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Cinco recetas rápidas, fáciles y ricas para las vacaciones

O, en otras palabras, comer bien sin apenas cocinar. Esta es una de mis máximas. No es que no me guste cocinar, al contrario, me encanta, es una actividad que me relaja, en la que disfruto… Pero que requiere tiempo, así que se ha convertido en un hobby reservado a ocasiones especiales. El día a día en la cocina discurre por otros lares, algo alejados de los platos elaborados, y más cercanos al arroz a la cubana, la pasta con tomate, las ensaladillas rusas con todas sus variantes, carnes y pescados a la plancha, tortillas, ensaladas… también las croquetas y el pan con tomate y embutido, para qué engañarnos.  Todo, eso sí, muy equilibrado y con un tiempo de elaboración máximo de 10 minutos, 15 los domingos, gracias a maravillosos artilugios como la babycook o la fuente para cocinar al vapor en el microondas.

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Un domingo de esos

Hoy es uno de esos domingos, uno de esos que hacen de este día de la semana un anodino tránsito entre el radiante sábado y el lunes, gris. Un último domingo de julio en la ciudad, de calles silenciosas y calor sofocante en que las agujas del reloj avanzan perezosas y desganadas en su rutinario círculo. Un domingo de esos en los que, años atrás, me hubiera muerto del horror de verme donde estamos aquí y ahora.

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Triatleta de andar por casa

Este post empieza con una mujer de treinta años frente al rectilíneo e impasible carril azul de la piscina municipal, tratando de recuperar el aliento tras dejarse la piel en alcanzar cuatro largos, con las gafas de natación (¿cuántos años hará que estaban en el fondo de un cajón?) completamente empañadas, un bañador que poco tiene de deportivo y que debía pertenecer a alguien con una talla de sujetador del doble que usa ella o a ella misma en tiempos mejores… por la pinta que tiene, debió usarlo durante algún embarazo. “¿Qué sentido tendrá ir de una pared a otra de esta gigantesca bañera azul abriéndome paso por un medio tan inhóspito como es el agua?”, se pregunta.  Sí, lo habéis adivinado. Esa mujer de treinta años frente al impasible carril de la piscina municipal soy yo, recién inscrita en el gimnasio. “Ah sí…”, prosigue mi pensamiento: “La espalda, la dichosa espalda…”. Inspiración. Una brazada, otra, y otra, inspirar, expirar bajo el agua: “¿Me habré creído que me sobra el tiempo para poder permitirme estar aquí? ¿Cuándo voy a poner la lavadora? Aún hay que recoger la anterior… ¿Qué estoy haciendo?” “Tienes que hacer deporte, hay que muscular esta espalda, es la única solución”, dijo el traumatólogo. Venga, vamos. Otra brazada, otra. Inspirar. Expirar. Brazada. Ya no puedo más. Y el reloj avanza tan lentamente. Fuera hace un día radiante. Quizás puedo combinar dos deportes y correr un poquito y luego nadar. Al menos, así, podría coger un poco de color, mira que hace años que me paso los veranos blanquita blanquita…

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