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En el sombrero de mamá

Crónicas de una mamá con sombrero

Tardes en casa

Todo cambio de estación tiene su qué. El paso del verano al otoño es durillo, no solo porque implica el fin de las vacaciones y la vuelta a la rutina, sino porque la llegada del frío y el hecho de que anochezca más pronto, condiciona, y mucho, nuestras tardes con los niños a la salida del cole. Incluso los días más templados, ya no apetece tanto ir al parque (al menos al mío, donde hace una humedad que atraviesa cualquier capa) y, en general, te entretienes menos y vas más derechito para casa. Y cuando en junio todo era llegar a casa, baños y cenas a todo correr que se nos ha vuelto a hacer tarde, en noviembre empieza el capítulo de las tardes en casa.

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Palabras dormidas

Quiero escribir. Lo quiero y no lo consigo. Pensamientos, sensaciones, gérmenes de ideas se amontonan en mi cabeza pidiendo a gritos palabras. Palabras, palabras que les den un cuerpo, una identidad, palabras que las hagan nacer. Pero apenas consigo escribir dos frases seguidas, poco más que una anotación, un arranque en frío que rápidamente se desacelera hasta perderse.

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La sal, tu sonrisa, tú y yo

Huele a sal. El mar está revoltoso, crispado. Zarandea la arena de la orilla dejando un largo rastro de espuma blanca en cada ola. El mar es el espejo de un cielo encapotado en el que se amontonan en desorden nubes y nubarrones de distintos grises. Una manita tira con fuerza de mis dedos y devuelve mis pensamientos a la arena húmeda.

“¿Corremos?”

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Cinco recetas rápidas, fáciles y ricas para las vacaciones

O, en otras palabras, comer bien sin apenas cocinar. Esta es una de mis máximas. No es que no me guste cocinar, al contrario, me encanta, es una actividad que me relaja, en la que disfruto… Pero que requiere tiempo, así que se ha convertido en un hobby reservado a ocasiones especiales. El día a día en la cocina discurre por otros lares, algo alejados de los platos elaborados, y más cercanos al arroz a la cubana, la pasta con tomate, las ensaladillas rusas con todas sus variantes, carnes y pescados a la plancha, tortillas, ensaladas… también las croquetas y el pan con tomate y embutido, para qué engañarnos.  Todo, eso sí, muy equilibrado y con un tiempo de elaboración máximo de 10 minutos, 15 los domingos, gracias a maravillosos artilugios como la babycook o la fuente para cocinar al vapor en el microondas.

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Un domingo de esos

Hoy es uno de esos domingos, uno de esos que hacen de este día de la semana un anodino tránsito entre el radiante sábado y el lunes, gris. Un último domingo de julio en la ciudad, de calles silenciosas y calor sofocante en que las agujas del reloj avanzan perezosas y desganadas en su rutinario círculo. Un domingo de esos en los que, años atrás, me hubiera muerto del horror de verme donde estamos aquí y ahora.

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Triatleta de andar por casa

Este post empieza con una mujer de treinta años frente al rectilíneo e impasible carril azul de la piscina municipal, tratando de recuperar el aliento tras dejarse la piel en alcanzar cuatro largos, con las gafas de natación (¿cuántos años hará que estaban en el fondo de un cajón?) completamente empañadas, un bañador que poco tiene de deportivo y que debía pertenecer a alguien con una talla de sujetador del doble que usa ella o a ella misma en tiempos mejores… por la pinta que tiene, debió usarlo durante algún embarazo. “¿Qué sentido tendrá ir de una pared a otra de esta gigantesca bañera azul abriéndome paso por un medio tan inhóspito como es el agua?”, se pregunta.  Sí, lo habéis adivinado. Esa mujer de treinta años frente al impasible carril de la piscina municipal soy yo, recién inscrita en el gimnasio. “Ah sí…”, prosigue mi pensamiento: “La espalda, la dichosa espalda…”. Inspiración. Una brazada, otra, y otra, inspirar, expirar bajo el agua: “¿Me habré creído que me sobra el tiempo para poder permitirme estar aquí? ¿Cuándo voy a poner la lavadora? Aún hay que recoger la anterior… ¿Qué estoy haciendo?” “Tienes que hacer deporte, hay que muscular esta espalda, es la única solución”, dijo el traumatólogo. Venga, vamos. Otra brazada, otra. Inspirar. Expirar. Brazada. Ya no puedo más. Y el reloj avanza tan lentamente. Fuera hace un día radiante. Quizás puedo combinar dos deportes y correr un poquito y luego nadar. Al menos, así, podría coger un poco de color, mira que hace años que me paso los veranos blanquita blanquita…

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Con un par de… años!

No sé vosotros, pero al menos yo, con el primero, dominaba al dedillo las etapas  y fases de crecimiento y desarrollo que se han establecido, aparentemente, por común acuerdo. Que si ahora nos toca una crisis de crecimiento y de lactancia (a los tres meses), que si en nada vendrá ya la angustia de la separación (con nueve), que si estemos preparados para cuando lleguen los terribles dos años…  Siempre lista y siempre informada. Con la segunda, para cuando me doy cuenta, ya estoy inmersa en etapas conocidas y otras por conocer, algunas catalogadas y otras que desconozco si algún otro niño en la tierra ha pasado… Pero en cualquier caso, y de todas ellas, creo que merece una mención especial esos llamados “terribles dos años”.

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Niños pajes de boda

¡Qué bonito es cuando te dicen que han pensado en tus hijos para hacer de pajes de boda! Inmediatamente te trasladas a esas páginas del Hola o el Lecturas, a las bodas reales, y ves a tu niño con sus bermuditas, repeinado, elegante… A tu niña con un lazo perfecto en la cintura, flores en la cabeza, un vestido de ensueño… Ambos sonriendo y tú, aún más, en una esquina de la iglesia… Sin embargo, a medida que se acerca el día señalado, te vas dando cuenta de que esta situación solo se produce en las páginas satinadas de las revistas de cotilleos. Que la realidad es que los días que pasan  juegan en tu contra en una gincana a contrareloj para hacerte con el vestido ideal sin arruinarte, conseguir que el modelo niño y niña conjunten, encontrar todos los detalles (siempre a conjunto)… Y después, por supuesto, empieza a olvidar tu papel de observadora sonriente en una discreta esquina de la iglesia. Mucho más probable es que acabes desfilando como un paje más en modo enanito para no destacar en altura y que hagas de todo menos poder disfrutar de la escena.

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En bici con niños en el Espai rural Gallecs

Teníamos muchas ganas de volver a sacar las bicis de paseo y hace un par de semanas, aprovechando los primeros avances de tregua primaveral, salimos, otra vez, de excursión con ellas. Por temas de trabajo que poco tienen que ver con planear salidas familiares, había oído a hablar de la zona de Gallecs, un oasis verde enclavado en la industrial comarca del Vallès Oriental. Se trata de un amplio paraje natural, donde la única actividad humana visible son los huertos de agricultura ecológica, serpenteado por rutas sin grandes desniveles, ideal para una salida en bici en familia y lo mejor de todo, a solo 25 minutos de Barcelona en coche.

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