Había una vez un niño que no reía. Ya desde muy pequeño tenía una expresión concentrada, transparente y expresiva, pero siempre grave. La mayoría de adultos se incomodaban ante la situación y hacían lo posible por arrancarle una sonrisa, desde las muecas más comunes, como sacar la lengua, hasta las más imaginativas. “¿Qué no ríes un poquito?”. Al oír estas palabras, Bru soltaba por dentro una enorme carcajada, su verdadera risa escondida.

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